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  • Foto del escritorMarta Cuba

Amor al prójimo

Reproduzco a continuación un texto de Frithjof Schuon (extraído de esta recopilación de textos sobre el cristianismo) en donde se comprenden los motivos por los que el concepto de caridad se ha corrompido tan terriblemente y el moralismo con el que la cultura cristiana se ha impregnado, de hecho continúan muy vivos, por más que la religión esté muerta. A menudo ha sido la izquierda quien más los ha propagado, tomando lo peor de las religiones y separándolo de la posibilidad de acceso a la verdad que al menos la religión tradicional sí ofrecía. El resultado de confundir esoterismo con exoterismo. 

El amor al prójimo, en cuanto expresión necesaria del Amor a Dios, es un complemento indispensable de la Fe. Esos dos modos de la Caridad se encuentran afirmados por la enseñanza evangélica sobre la Ley suprema; el primer modo implica la conciencia de que sólo Dios es Beatitud y Realidad, y el segundo, la conciencia de que el ego no es más que ilusorio, identificándose en realidad el «yo» del prójimo con «el propio yo (14)». Si yo debo amar al «prójimo» porque es «yo», eso significa que debo amarme a priori a mí mismo, al no ser por otra parte nada más que el «prójimo»; y si debo amarme, ya sea en «mi propio yo» o en el «prójimo», es porque Dios me ama y debo amar lo que El ama; y si El me ama es porque ama Su creación o, con otras palabras, porque la propia Existencia es Amor y el Amor es como el perfume del Creador inherente a toda criatura. Al igual que el Amor a Dios, es decir, la Caridad, que tiene por objeto las Perfecciones divinas y no nuestro bienestar, es el Conocimiento de la única Realidad divina, en la cual se disuelve la aparente realidad de lo creado -conocimiento que implica la identificación del alma con su Esencia increada (15), lo que además es un aspecto del simbolismo del Amor-, del mismo modo, el amor al prójimo no es en el fondo más que el conocimiento de la indiferenciación de lo creado ante Dios. Antes de pasar de lo creado al Creador, o de lo manifestado al Principio, es necesario efectivamente haber realizado la indiferenciación, o digamos la «nada», de lo manifestado. Esto es lo que contempla la moral de Cristo, no sólo por la indistinción que establece entre el «yo» y el «no yo», sino también, secundariamente, por su indiferencia respecto a la justificación individual y el equilibrio social; el cristianismo se sitúa, pues, al margen de las «acciones y reacciones» del orden humano; no es exotérico como primera definición. La caridad cristiana no tiene ni puede tener ningún interés en el «bienestar» por sí mismo, pues el verdadero cristianismo, como toda religión ortodoxa, estima que la única felicidad verdadera de la que puede gozar la sociedad humana es su bienestar espiritual, con la presencia, como su flor, del santo, fin de cualquier civilización normal; pues «el gran número de sabios es la salvación de la tierra» (Sab., VI, 24). Una verdad que los moralistas ignoran es que cuando la obra de caridad se cumple por amor a Dios, o por el conocimiento de que «yo» soy el «prójimo» y de que el «prójimo» es «el propio yo» -conocimiento que por otra parte implica este amor-, la obra de caridad tiene para el prójimo no sólo el valor de un beneficio exterior, sino además el de una bendición. En cambio, cuando la caridad no es ejercitada ni por amor a Dios, ni a causa del mencionado conocimiento, sino únicamente con vistas al simple «bienestar» humano, que se considera como un fin en si mismo, la bendición inherente a la verdadera caridad no acompañará a la aparente beneficiencia, ni para quien la ejerce ni para quien la recibe.

Por otro lado, coincide plenamente con la interpretación psicoanalítica que ha hecho F. Doltó de la parábola del Buen Samaritano. Como el esoterismo, el psicoanálisis también  trasciende el nivel literal de la realidad consiguiendo con ello, al igual que hizo Jesús en su tiempo, curar a través de la palabra.


Icono de la crucifixión

“El secreto de Su Corazón se está viendo por las aberturas de Su Cuerpo; este gran secreto de ternura se revela, las entrañas de Dios se revelan.”(45º sermón sobre el Cantar de los Cantares de San Bernardo)


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