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  • Foto del escritorMarta Cuba

Caída en el no saber


Mientras los egipcios construían pirámides y adoraban a Ra, Amón, Osiris o a Isis, en Grecia adoraban a unas deidades neolíticas de la naturaleza y de los astros, de las cuales conocemos muy poco. Fue en torno al 1900 a.C., con la llegada de los indoeuropeos a Grecia, cuando se empezaron a introducir los que hoy consideramos como tan genuinamente griegos, nada más y nada menos que los dioses del Olimpo. Los pueblos indoeuropeos trajeron consigo los mismos dioses con los que habían recorrido las estepas de Asia, del sur de Rusia y la Europa oriental, esos grandes dioses fueron Poseidón, Ares, Zeus, etc…

En el punto de intersección entre el extremo de Europa, Asia Menor y Africa (Egipto) el origen de los pueblos griegos o helenos es indoeuropeo, y a través de este y de la corriente tradicional (Apolínea) venida del Norte, la Tradición Griega expresa una de las confluencias de la Tradición Primordial y la Atlante. Esta unión de las tradiciones será un origen, un oriente [articulado de los siglos VII al V] para un tiempo posterior, que a través del Imperio Romano, y de las sucesivas recurrencias a la Antigüedad que se darán en la historia, llevará los misterios a Occidente sobre la base de un pensamiento mítico.


De las deidades anteriores sobrevivieron sobre todo diosas, algunas como Deméter, Era, Atenea o el dios Hermes, quizás con nombres nuevos o conservando los antiguos. Es curioso que a menudo la explicación que se da en los ámbitos académicos acerca de estas asimilaciones religiosas de dioses traídos por otros pueblos, se hable de imposición forzosa o presiones políticas. No dudamos por supuesto de las presiones políticas que son, en efecto, lo que impregna de forma mayoritaria la visión de nuestros tiempos, quizás sea ese el motivo por el cual se dé, de forma tan extendida, la tendencia a equiparar las metodologías propias de la política con las de la espiritualidad. Pero desde el punto de vista espiritual o metafísico las asimilaciones entre divinidades fueron relaciones mucho más connaturales, inherentes y originarias de lo que a menudo nos explican. El caso es que desde ese punto de vista, los griegos no parecieron tener ningún complejo para convertir en propio el Panteón Olímpico, como tampoco lo tuvieron los romanos, quienes solo necesitaron cambiar de nombre a las deidades para tener su particular Olimpo.

Quizás encontremos en el mito una mejor explicación de estas relaciones y es que a través del relato de la lucha entre titanes y dioses, conocida como la titanomaquia, se narra este combate primordial que hace vencer a los dioses nuevos sobre los primitivos. Después de luchar junto a los demás Olímpicos contra los dioses primitivos, Zeus presenta la voluntad de enterrar las fuerzas vitales primigenias y las energías caóticas. Es un símbolo de la mente consciente o superior que reprime y que se impone sobre los poderes tales como el desorden, lo incoherente o lo caótico. Son muchos los símbolos que aparecen en los relatos míticos acerca de la mente superior en el proceso de adquisición del conocimiento o discernimiento entre bien y mal (saber superior).




Prometeo encadenado

El lenguaje mítico es inseparable de una metafísica que se comprende con el intelecto, el mito nos revela verdades universales, que por más que se repitan no dejan de ser estructurales y vitales (todavía más en nuestros tiempos). No hay muchas diferencias por ejemplo entre el relato de la creación del hombre por parte de Prometeo y el relato de la Biblia que se narra en el Génesis, esencialmente hablan de lo mismo. También una figura paralela a la de Eva es la griega Pandora, una especie de duplicado de la Eva bíblica. Aunque nos resulte chocante, Eva es anterior a Pandora, pues todos los textos citados sobre la creación del hombre y la mujer pertenecen a la tradición Yahvista, que se remonta al siglo IX a. C. mientras que el mito de Prometeo y Pandora es relatado por Hesíodo, que componía sus obras “La Teogonía” y “Los Trabajos y los Días” hacia la mitad del siglo VIII a. C. No importa que sea Eva o que sea Pandora, la tradición cristiana recoge un relato primordial. Desde el punto de vista ideológico Eva es para muchos una especie de invento de la Iglesia Católica para dominar y despreciar a la mujer, también desde un punto de vista ideológico Pandora es una mujer curiosa, que no se conforma y quiere saber, está además asociada a la cultura griega, la cual representa la democracia y lo opuesto a la cultura católica. Desde el punto de vista de la verdad y por tanto de lo espiritual, Eva y Pandora son tan solo diferentes nombres para hablar de una realidad esencial de la condición humana, Eva y Pandora nos acercan el conocimiento de aquello que nos hace humanos y no animales.

Las Metamorfosis de Ovidio fue terminada en el año 8 d.C., en ellas también se narra la historia de Prometeo.

Después de la separación de los elementos, Prometeo, hijo de Japeto, formó un hombre de tierra y agua con semejanza a los dioses, dándolo vida con una hacha que, por consejo de Minerva, encendió en los rayos del Sol. Irritado Júpiter de su atentado, mandó a Mercurio le atase sobre el Monte Cáucaso, y que un águila le picase el corazón sin quitarle la vida.

Prometeo nace de la unión de Jápeto y Clímene y, si bien fue un titán, también ayudó a Zeus en su lucha contra Cronos y los demás titanes, por lo cual fue aceptado por los olímpicos. Serán las primeras disputas entre dioses y hombres por los sacrificios y, por lo tanto, los primeros signos de la ruptura entre unos y otros, lo que conducirá a la caída. Prometeo ayuda a los hombres a engañar a Zeus por lo cual éste priva a los hombres del fuego. A partir de esta acción la humanidad se ve reducida a la altura de los animales, pues debe comer la carne cruda como lo hacen los animales. Pero de nuevo Prometeo vuelve a ayudar a los hombres y esta vez roba el fuego del Olimpo para devolvérselo a los hombres, lo cual les permite cocinar la comida, protegerse del frío y tratar los metales para construir herramientas y armas. 




A partir de esta primera parte del mito, vemos como sucede un movimiento de ruptura, los dioses y los hombres dejan de compartir su comida y la humanidad cae de la gracia divina. En este momento se manifiesta un grueso velo entre lo divino y la humanidad. La caída hace que el ser humano pierda su proximidad con lo divino y también con sus manifestaciones más elevadas en la naturaleza, simbolizadas por el fuego que dejaba el rayo en la copa de los árboles. Prometeo se convierte en un símbolo que recuerda a los hombres su origen divino, a la vez que habla de la separación entre lo humano y lo animal. A lo largo de la historia el mito de Prometeo ha sido interpretado tanto para reconectarnos con nuestro origen divino como para todo lo contrario, parece ser nuestro punto de contacto a partir del cual acercarnos o alejarnos a lo divino. Pero además, el mito de Prometeo nos habla también de Pandora, la primera mujer humana, creada por Hefesto a imagen y semejanza de las diosas inmortales. Zeus envía a esta muchacha como regalo a Epimeteo, y éste, a pesar de las advertencias de su hermano Prometeo de no aceptar regalos de Zeus, se casa con ella.




“Mercurio transportando a Pandora” de Jean Alaux

Los dioses le obsequian con un ánfora, mal traducida como caja, en donde estaban encerrados todos los males del mundo. El ánfora tenía instrucciones de ser utilizada como adorno, nunca debía ser abierta, pero como Pandora tenía una enorme curiosidad, quitó la tapa del ánfora y todas las desgracias se extendieron sobre los campos y el mar. La caja de Pandora equivale simbólicamente a la manzana del Genésis, el fruto del conocimiento, en este caso bajo la forma de un regalo de los dioses, pero un regalo con el que no hay que identificarse, porque estos dones están relacionados con la mente y no con el ser espiritual, de la misma manera que en el relato del Génesis se diferencia entre el Árbol del Conocimiento y el Árbol de la Vida. Son los atributos otorgados a la consciencia mental los que, como el Árbol del Conocimiento, están bajo prohibición divina, no lo está, sin embargo el Árbol de la Vida, para el cual no hubo ninguna prohibición. Es el símbolo de las potencias de la mente, aquellas resultantes de la tierra y el agua, o como en el mito de Pandora, de los campos y el mar, haciendo alusión al conocimiento que emerge de la materia pero no del espíritu, que es el fuego, al cual solo Prometeo puede acceder. De este regalo divino con el que se identifica el hombre, deviene la personalidad inseparable del cuerpo, el ego con el que se identifican casi todos los humanos y, como lo que libera Pandora, la causa de todos los males. Cuando Hesíodo nos relata esta parte de la historia en su Teogonía nos dice:

Epimeteo tomó el regalo y ante su desgracia, comprendió.

Tanto Eva como Pandora simbolizan la parte de la persona que se centra en la superficie y que se apropia del conocimiento como si fuera parte del yo verdadero, en vez de utilizarlo para el discernimiento, es en ese momento cuando aparecen todos los males que salen del ánfora: el apego, la necesidad, el sufrimiento, etc. Pero Prometeo, capaz de renovar el contacto, por tenue que sea, con el fuego interior, sabe que la identificación con el ser superficial del ego implica una separación de lo superior, y esto solo puede ser fuente de división y sufrimiento. Por eso advierte a Epimeteo de que si recibe un regalo de Zeus, no lo acepte como propio, porque tiene que devolverlo. Sin embargo, la identificación es inevitable.

Zeus utilizó el mismo truco que la serpiente del Génesis: la seducción, su regalo, Pandora, representa para la persona lo que le deparan los logros del saber, pero también en contrapartida, un ego sujeto a la tiranía de los deseos y la angustia cuando no son cumplidos. La apertura del frasco es la representación de la identificación con la personalidad superficial. 

Este fenómeno de la consciencia humana fue traducido simbólicamente no solo en ésta, sino en muchas mitologías, con la figura de la caída. Mientras los humanos permanecen bajo el control de sus energías vitales materiales, la fusión y la separación (dos de las infinitas manifestaciones de la dualidad) juegan de manera disociada, no hay consciencia moral, ni culpa ni vergüenza, por tanto no hay posibilidad de individuación, ya que éstos son males necesarios, no para sufrirlos sin sentido ni eternamente, sino para evolucionar en base a entender el porqué de cada uno, si es que hay ganas de mejorar.



El Jardín de las Delicias del Bosco, Museo del Prado.


Todo saber es en parte un creer saber, así es que, efectivamente, y como se nos dice habitualmente desde los arquetipos de la modernidad, es necesario abandonar las creencias. Pero, ¿estamos preparados para identificar las creencias más intocables de nuestra época? o lo que preferimos destruir son las creencias de los otros, en lugar de las nuestras.

Fue Sócrates el que dijo la famosa frase de “Sólo se que no se nada”. Ese no saber alude en cierta medida a un estado de vaciamiento de creencias, aquel que nos permite reflexionar sin apurarnos, sin la ansiedad de comprenderlo todo por miedo al vacío, más propio del narcisismo que del interés por el conocimiento. La identificación con el narcisismo es necesaria a la vez que un obstáculo para el conocimiento verdadero, de la misma manera que la antorcha caída de Lucifer es a la vez la misma luz que da vida y también la misma que nos consume. El concepto de caída en el no saber hace referencia precisamente a salir de la identificación con el yo, quizás sería más exacto hablar de caídas, porque son muchas las que se necesitan para salir de los saberes que vamos adquiriendo a lo largo de nuestra vida.



Referencias


Teogonía

Claude Le Ragois, Resumen en prosa de las Metamorfosis de Ovidio https://es.wikisource.org/wiki/Res%C3%BAmen_en_prosa_de_las_metam%C3%B3rfosis_de_Ovidio

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