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  • Foto del escritorMarta Cuba

El Siervo y el Señor


Poemas del Siervo sufriente (Is 42,1-9; 49,1-7; 50,4-11; 53)


Se trata de 4 cantos o poemas autónomos que la crítica exegética ha detectado en el texto del Deutero-Isaías, denominado así por ser la segunda de las tres partes en que se divide tradicionalmente el libro del profeta Isaías. El Deutero-Isaías (cap. 40-55) habría sido escrito en la época del Exilio a Babilonia, siglo VI a.C., época, por cierto, particularmente fructífera, en la que existieron en otros pueblos figuras providenciales como Lao Tse, Confucio, Siddhārtha Gautama Buda, Pitágoras, Zaratustra, el profeta Daniel, etc. La profundidad y riqueza del simbolismo del Siervo y el Señor nos conducen hacia un misterio que en el Nuevo Testamento se desarrollará de manera amplia, se trata de un misterioso Siervo de Dios que por su obediencia y sufrimiento se convertirá en el redentor del pueblo. Se han desarrollado numerosas teorías para explicar a quien se refieren estos cánticos, el Siervo puede ser el mismo Israel, en cuanto doliente, el Siervo puede ser todo hijo de Israel, en tanto pueblo, el siervo puede ser Jesús (Mt 12, 15-17.18-20), el Siervo puede ser también la Sierva del Señor (Lucas 1,38), o el Siervo podemos ser cada uno de nosotros. Pero lo propio del símbolo es precisamente invitar a ver, de la misma manera que Dios pregunta a menudo a sus profetas “¿y qué ves tú?”. ¿Puedes ver cómo los planes de Dios se revelan en su santa palabra y en la naturaleza o solo ves un mundo que sigue igual, allí donde tú no puedes ver, donde aparentemente Dios no existe? Cuando abrimos nuestros ojos podemos, igual que el profeta, distinguir los tiempos y saber lo que se avecina, es ahí cuando Dios revela que su palabra está a punto de ponerse por obra.

La palabra de Jehová vino a mí, diciendo: ¿Qué ves tú, Jeremías? Y dije: Veo una vara de almendro. Y me dijo Jehová: Bien has visto; porque yo apresuro mi palabra para ponerla por obra. (Jer 1, 11-12)

Así podemos leer en el primero de los cánticos del siervo de Yhvh. 

Lo antiguo ya pasó y ahora anuncio algo nuevo: antes de que brote os lo hago oir. (Is 42,9)

También San Juan Bautista anunció y anticipó la llegada de Cristo, en el solsticio de verano se conmemora el nacimiento de San Juan Bautista, que según los evangelistas nació seis meses antes que Jesucristo, siendo el único santo del que se celebra el nacimiento y no la muerte. Es el último de los profetas y el precursor del Nuevo Testamento, prepara el camino para la llegada de Cristo y también lo identifica cuando llega. San Agustín, en el sermón 290, nos dice que ambos nacieron de forma maravillosa, pero el siervo nació de una estéril y el Señor, de una virgen. Este es el testimonio de Jesús sobre Juan:

En verdad os digo que entre los nacidos de mujer no se ha levantado nadie mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. (Mt 11,11)

Y el testimonio de Juan sobre Jesús:

Y predicaba, diciendo: Tras mí viene uno que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar, inclinándome, la correa de sus sandalias. (Mc 1,7)
Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. (Jn 1, 29-34)

De alguna manera nos hace recordar estas palabras de Lao Tse. 

Oscuro y claro; de frente, no ves su cabeza; detrás de él no ves sus espaldas.
Lao Tse

Ya hemos nombrado a Lao Tse, quizás nos sirva de ayuda recordar que también por la misma época en la que escribía el Deutero-Isaías, trataba de formar a sabios o santos, y para dar a conocer al candidato el modelo que debía imitar nos decía: 

“Inmensa obra, en apariencia indigente; su eficacia no es pobre. Gran plenitud, de apariencia vacía; su utilidad es inagotable. Gran rectitud, de apariencia torcida. Gran habilidad, de apariencia torpe. Gran elocuencia, de apariencia premiosa.”

En el segundo y tercer canto del Siervo sufriente también aparecen el vacío, la indigencia y la nada. El Siervo es despreciado y humillado. 

Estaba yo pensando: “me he cansado en vanoy he gastado mis fuerzas en viento y en nada”.Y sin embargo, mi causa la llevaba el SeñorY mi salario lo tenía mi Dios. (Is 49,4)
Creció delante de Él como renuevo tierno,como raíz de tierra seca;no tiene aspecto hermoso ni majestadpara que le miremos,ni apariencia para que le deseemos.
Fue despreciado y desechado de los hombres,varón de dolores y experimentado en aflicción;y como uno de quien los hombres esconden el rostro,fue despreciado, y no le estimamos.(Is 52, 2-3)

Es inevitable ver y escuchar a Cristo en estas palabras, no en vano muchos han querido ver un quinto evangelio en estos cánticos de Isaías. En el misterio de Cristo, se unen ambas naturalezas, la de Siervo y la de Señor, la del Ser y el No-Ser. Pero también en el Islam es tradición prosternarse sobre la tierra y lo que brota de ella. El Profeta ha dicho: “Es en la prosternación cuando el siervo está más cerca de su Señor”. En la prosternación desciende desde la estatura de la existencia al pliegue de la nada, y cuanto más replegado está su cuerpo más replegada está su existencia, como lo ha dicho también el sheij sufí Ahmad Al-Alawi: “Mi existencia se ha aniquilado en mi visión, y me ha separado del “yo” de mi visión, borrándolo y no afirmándolo”. San Bernardo encomia a quien, orando, advierte el hablar de Dios: «Dichosa el alma que en el silencio posible percibe las notas del susurro divino, repitiendo frecuentemente aquello de Samuel: Habla, Señor, que tu siervo escucha». «Tienes un callar que se escucha sólo con el alma». Sí, Dios habla con elocuentes silencios, con una «música callada» que enseña sin palabras.



¡Señor, he oído tu fama,

me ha impresionado tu obra!

En medio de los años, realízala;

en medio de los años, manifiéstala;

en el terremoto acuérdate de la misericordia.

(Ha 3,2)

Lo escuché y temblaron mis entrañas,

al oírlo se estremecieron mis labios;

me entró un escalofrío por los huesos,

vacilaban mis piernas al andar.

Tranquilo espero el día de la angustia

que sobreviene al pueblo que nos oprime.

(Ha 3,6)


El Cristo Pantocrátor del Monasterio de Sinaí es el icono de Cristo más antiguo conocido, y también el que mejor ha captado en una imagen el misterio del Siervo y el Señor, de la misericordia y la justicia, la compasión y la ira.

El siervo de fe cristiana sabe que en el verdadero Reino (el que no es de este mundo) sólo quien intenta servir ayuda a liberar de la esclavitud. El siervo es quien se permite saltar por encima de las contingencias de este mundo y sus humillaciones, la tendencia inteligente es buscar el refinamiento para salir de la identificación con lo burdo, lo pasajero e impermanente y en saber ampliar el espectro de la conciencia y extenderla hacia la Totalidad, saliendo, de esta manera, de la fragmentación del yo o ego, que en último extremo le hace darse cuenta al sabio que no es lo más elevado de la existencia. Lo terrible, que se ejemplifica tanto en la muerte de Cristo como en la destrucción de Jerusalén, es un símbolo de la extinción de la ignorancia, que crea y permite la dualidad entre Siervo y Señor, allí donde sólo existe realmente unidad: se trata de suprimir esa falsa percepción que hace ver al hombre como suya y propia una existencia particular que no es sino la de Dios, es decir, la de una realidad o voluntad universal.

Padre Mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú quieras.  (Mt 26, 42)

No se trata de aniquilar la existencia, como algunos han malinterpretado, sino tan solo esa ignorancia que el cristianismo llama “pecado original” y el sentido común falsa identidad. Así también lo expresó Lacan cuando dijo que el “yo es un lugar de desconocimiento, un lugar de ignorancia”. El ser hablante es falta en ser, no tiene una identidad. No se nace con un yo, sino que el yo es una construcción que se realiza a partir de ciertas identificaciones simbólicas e imaginarias. El yo es una imagen ilusoria de completud que recubre la falta en ser y que permite una cierta unidad de aquello que era caos y desorganización. El yo es lo que permite construir(nos) una realidad, un cuerpo, un modo de ser. Es necesario y a la vez esclavizante. Se intenta sostener fuertemente la ilusión del yo, en donde todo marcha más o menos bien y permite evitar el encuentro con lo que no se quiere saber, con lo que “no quería decir”, con la incompletud, con la falla original del ser hablante que produciría angustia. Por ello, el yo no quiere enfrentarse a la verdad del inconsciente y pone en juego diferentes mecanismos para evitarla. Como explica Lacan, “la verdad es siempre difícil de soportar, y el psicoanálisis acaba por mostrarnos a nosotros mismos lo que preferiríamos ignorar. Cuanto más nos aproximamos a la verdad de nuestra historia, más ganas tenemos de darle la espalda”. Pero cuando esta imagen ilusoria del yo no puede sostenerse por ciertos acontecimientos de la vida o por el retorno de lo reprimido, de aquello que el yo intentó eliminar de su organización, aparece la angustia y la falta en ser, el no ser lo que se creía ser.

¿Cómo cantaremos la canción del Señor En tierra extraña? (Salmo 137,4)

Pero lo peor no es precisamente que aparezca la angustia sino que no aparezca, o que esté tan reprimida que no podamos ya ni verla. El yo es un lugar de desconocimiento, un lugar de ignorancia, ya que intenta mantener una imagen que le permite sostenerse en una escena más o menos confortable. El psicoanálisis es un remedio contra esa ignorancia, permitiendo al sujeto pasar desde la pasión por la ignorancia a la pasión del saber. Cuando Freud dice, “no olvidemos que sólo la propia y personal experiencia hace al hombre sabio” hace referencia a que el paciente tiende a repetir inconscientemente determinadas acciones que le perjudican la vida diaria y que el analista apunta a una reproducción de éstas en el terreno psíquico, en lugar de llevarlas al plano de la acción: “El analizado no recuerda, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo, sino como acción; lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace.” Así, explica que se produce en el análisis una continua lucha por mantener en el terreno psíquico todos los impulsos que el sujeto quisiera derivar hacia la acción. Y, en consecuencia, comenta que es un gran logro de la cura cuando se consigue derivar por medio del recuerdo, algo que el sujeto tendía a transmitir por medio de un acto. También a esto se refería Cristo cuando dijo, “perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”.

“Si el conocimiento no te arranca tu ego, vale más la ignorancia que ese conocimiento”, dice el sheij Hakim Sana’î Ghaznavi.


Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. (Jn 8,31-32)

Santa Teresa de Jesús en su libro Las moradas (VI.10.7) nos dice que “la humildad es andar en la verdad… y quien esto no entiende anda en mentira”. Verdad y humildad se relacionan inseparablemente. Un maestro espiritual anónimo escribió: ‘La humildad no es más que el conocimiento verdadero de ti mismo y de tus limitaciones. Aquellos que se ven como realmente son en verdad sólo pueden ser humildes’. La humildad consiste en desechar las falsas máscaras.


Cristo en Getsemaní, de Timoteo Viti

Cristo en el monte de los olivos, de Giovanni Bellini El Poema o Cántico del Siervo Sufriente se cumple en la agonía en el jardín o huerto de Getsemaní y en el Gólgota, lugar de la crucifixión.


Himno de la Creación (Rig-veda X,129)

Entonces el no ser no existía

ni tampoco existía el ser.

No existía el espacio etéreo

ni, más allá, la bóveda celeste.

¿Había algo que se agitase?

¿Dónde?

¿Bajo la protección de quién?

¿Existía el agua,

ese profundo, insondable abismo?

No existía la muerte,

ni existía lo inmortal,

ni signo distintivo de la la noche y el día.

Sólo el Uno respiraba,

sin aire, por su propia fuerza.

Aparte de él

no existía cosa alguna.

En el comienzo sólo existía

tiniebla envuelta en tiniebla.

Todo era agua indiferenciada.

Principio de devenir

rodeado por el vacío,

el Uno surgió,

por el poder de su propio ardor interno.

En el comienzo

brotó en él el deseo,

que fue el primer semen de la mente.

Buscando en sus corazones,

gracias a su sabiduría,

los sabios encontraron

el vínculo que une al ser con el no ser.

Transversalmente extendieron su cordel

¿Existía un abajo?

¿Existía un arriba?

Existían fecundadores,

existían energías.

Debajo estaba la potencia,

arriba estaba el impulso.

¿Quién sabe la verdad?

¿Quién puede decirnos

de dónde nació, de dónde esta creación?

Los dioses nacieron después

y gracias a la creación del universo.

¿Quién puede, pues, saber

de dónde surgió?

Aquel que en el cielo supremo es su guardián

sólo aquél sabe

de dónde surgió esta creación,

ya sea que él la hizo, ya sea que no

–o tal vez ni él lo sabe.

Rig Veda X, 129 Traducción Fernando Tola




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