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  • Foto del escritorMarta Cuba

Medios de transmisión del mensaje profético

“Y cuando los seres vivientes andaban, las ruedas andaban junto a ellos; y cuando los seres vivientes se levantaban de la tierra, las ruedas se levantaban. 20 Hacia donde el espíritu les movía que anduviesen, andaban; hacia donde les movía el espíritu que anduviesen, las ruedas también se levantaban tras ellos; porque el espíritu de los seres vivientes estaba en las ruedas. 21 Cuando ellos andaban, andaban ellas, y cuando ellos se paraban, se paraban ellas; asimismo cuando se levantaban de la tierra, las ruedas se levantaban tras ellos; porque el espíritu de los seres vivientes estaba en las ruedas.” (Ez 1,19-21) 


Beato de Fernando I y doña Sancha. 1047


La Visión de Ezequiel ilustrada en la Biblia de Nicolás de Lira (1402)


Las ruedas de Ezequiel. 1803-1805. William Blake 


1. LA PALABRA

El modo de percepción de un profeta es diferente a la percepción habitual del hombre, pues es una cognición que no está sujeta a dudas, no necesita de reflexión ni de comprobación, es una cognición directa, clara y exigente. Además, la palabra del profeta es encarnada, pues el profeta conoce lo Eterno en el mundo, percibiéndolo a través de atributos particulares, es decir, de circunstancias arraigadas con la realidad del tiempo que le tocó vivir, el discurso del profeta no es abstracto ni tampoco utiliza la palabrería, es muy concreto y conciso, en ocasiones tan directo que puede resultar ofensivo. El profeta conoce lo eterno profundizando en lo más limitado, efímero y condicional (o mortal) del ser humano. Toda revelación de Dios supone un compromiso radical con las limitaciones humanas. Esta misma disposición a tomar los límites del hombre tendrá su reflejo en la encarnación de Jesús.

El profeta utiliza la poesía para expresarse, pues partiendo de la experiencia concreta y particular es capaz de destilarla o sublimarla para hablar de lo más elevado y universal de la condición humana. Por eso, a pesar de partir de las experiencias particulares, el profeta convierte el mensaje en eterno. No es de extrañar que palabras de profunda hondura humana como las del profeta resulten hoy insustanciales o anodinas, pues también la poesía ha perdido su función metafísica de conectar con lo eterno, y conserva únicamente la función de lo particular y la función estética. El hecho de que usen palabras especialmente arraigadas a un tiempo y a una época ciertamente dificulta la comprensión del mensaje profético para la mirada actual, pero también resulta un impedimento el hecho de que el mundo actual ha materializado completamente sus supuestos, desligando lo particular de lo Universal.

Géneros literarios

Los géneros literarios son las diversas maneras o formas literarias en que un autor puede contar las cosas, mediante el habla o la escritura. Para entender el mensaje tal como fue dirigido a sus primeros destinatarios y en sus escenarios originales, debemos, también, conocer la literatura y las tradiciones anteriores o del momento, lo cual nos ayuda a distinguir la labor propia del redactor. H. Gunkel fue el iniciador, en los años veinte, del estudio de los géneros literarios bíblicos. Hasta ese momento se hablaba sólo de tres géneros: el histórico, el profético y el didáctico. Algunos de los géneros literarios que se han diferenciado en la Biblia son:

  1. Sapienciales, tomados de la sabiduría tribal y familiar: parábolas (2Sa 12,1-7; Ez 23), alegorías (Ez 17,1-9), preguntas retóricas (Am 3, 3-6), bendiciones/maldiciones (Jr 17,5-8).

  2. Relacionados con el culto: himnos (Is 12), exhortaciones (Sant 1, 22), instrucciones (Jr 9,20), oraciones (Jr 32,17-25), oráculos de salvación (Is 44,1-5).

  3. Jurídicos (Ez 22,3-12).

  4. De la vida diaria: canciones de amor (Is 5,1-7), canciones de trabajo (Ez 24,3-5.9-10), otros cánticos (Ez 21,13-21), elegías (Am 5,2-3), “ayes” (Is 5,8-10.20).

  5. Géneros específicamente proféticos: El género que parece específicamente profético es el oráculo de condena, sea individual o colectivo. En todos ellos se encuentra la denuncia del pecado y el anuncio del castigo. La acusación puede ser de tipo interrogativa (1 Re 21,19-20; 2 Re 1,3-4), afirmativa (Am 7,16-17) o casual. El anuncio del castigo se introduce habitualmente con la fórmula del mensajero “Esto dice el Señor”. Los oráculos individuales suelen ser más sencillos y directos, se pronuncian en presencia de la persona interesada, mientras que los colectivos se dirigen a un grupo, a un pueblo o a las naciones extranjeras. Los oráculos colectivos incluyen, a partir de la fórmula del mensajero, una acusación genérica, otra específica, el anuncio del castigo y la fórmula final. (Am 1,6-8)

2. ACCIONES SIMBÓLICAS

Si bien el elemento sonoro es esencial en la poesía, la acción simbólica tiene la cualidad de desvelar el mensaje, hacerlo visible. Como ya habíamos visto, la experiencia profética es una combinación entre visión y audición, por lo que, parece que los medios para poder expresarla se combinan a la perfección entre poesía y acción simbólica. Ésta última tiene la capacidad de visualizar algo que las palabras únicamente pueden enunciar. La acción simbólica se introduce por los ojos, y la poesía por los oídos. Los elementos esenciales de una acción simbólica son: orden de Dios de una ejecución, cumplimiento e interpretación.

Pero no siempre la acción simbólica está dirigida a “visualizar” un mensaje, también tiene el objetivo de transformar al profeta, prepararlo para recibir el mensaje que ha de transmitir (Os 1; 3) pues la propia vida del profeta es el mensaje. También la acción simbólica puede ser únicamente una creación literaria, con el objetivo de transmitir el mensaje de una manera más plástica (Jr 13,1-11). En otros casos la acción es precisamente no hacer en lugar de hacer, en Jer 16,1-9 Dios le pide a Jeremías que deje de participar en banquetes, que no dé el pésame en funerales y que no se case, ciertamente la vida de Jeremías es solitaria, su vida se convierte en un símbolo.

Un ejemplo de acción simbólica en su sentido estricto lo vemos en Jr 19,1-9, Dios manda romper una vasija a Jeremías delante de los ancianos y sacerdotes del pueblo, como símbolo de la ruptura que acometerá Dios sobre el pueblo, Dios hará añicos al pueblo igual que se rompe una vasija irreparable. En el caso de la acción simbólica del yugo (Jr 27, 1-3.12) es interesante ver como se combinan dos acciones dando lugar casi a una escena teatral, por un lado la acción simbólica de Jeremías poniéndose el yugo como símbolo del sometimiento al rey de Babilonia y por otro lado la intervención del profeta Hananías quitándole el yugo (Jr 28, 1-9) como símbolo de la liberación de Babilonia, expresando todo lo contrario que la anterior y combinando verdadera y falsa profecía.


3. LA PALABRA ESCRITA Y LOS LIBROS

El profeta es una persona que habla, pero que en el texto encuentra otra manera de darle perdurabilidad al mensaje (Jr 36,1-4). Una cosa son los textos que los mismos profetas escribieron y otra, los libros proféticos que nosotros hemos recibido. Debemos tener en cuenta que en los libros bíblicos no existía el derecho de propiedad intelectual, se trata de libros que no tienen parangón con el concepto de libro que tenemos hoy en día, pues pueden ser fruto de un largo proceso de formación, como es el caso del libro de Isaías, generado a lo largo de 500 años.

El punto de partida de las tradiciones proféticas es la proclamación oral del oráculo divino a sus destinatarios. Entre este punto y la posterior redacción de los oráculos a veces pasa bastante tiempo (Jr 1,2). Quizá las palabras pronunciadas se fueran registrando, primero de forma aislada, y después formando pequeñas colecciones: ciclos de visiones, de oráculos… (Jr 21,11-23,6). Pero también podría ser a la inversa, primero escribir y después proclamarlo; ciertamente algunos profetas fueron más escritores que predicadores, vista la gran elaboración literaria de los textos (Zc 1-6). Además, las posteriores aportaciones de los “discípulos”, escribas que podían añadir aspectos biográficos de los profetas (Am 7,10- 17) (Jr 34-35), reelaborar oráculos (Is 28,1-4), crear oráculos nuevos, reagrupar colecciones o elaborar la redacción final, nos deja patente la importancia del mensaje profético para toda la comunidad. La palabra escrita de los profetas testifica sobre la necesidad del continuo discernimiento entre la verdadera y la falsa palabra. Hoy todavía seguimos teniendo el mismo problema.

Criterios de distinción entre los verdaderos y los falsos profetas


1. Falsos profetas son quienes tratan de infundir miedo irracional a la población para así aprovecharse de su debilitamiento. El único temor que da fuerza, valentía y poder a las personas es el temor de Dios.

“Porque Jehová me dijo de esta manera con mano fuerte, y me enseñó que no caminase por el camino de este pueblo, diciendo: 12 No llaméis conspiración a todas las cosas que este pueblo llama conspiración; ni temáis lo que ellos temen, ni tengáis miedo. 13 A Jehová de los ejércitos, a él santificad; sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo”. (Is 8,11-13)

2. El profeta verdadero se esfuerza por llevar una vida pura, por ser un hombre bueno y no necesitar del aplauso ajeno. El verdadero profeta se caracteriza por una moral más elevada que la del resto, su vida es también su mensaje. El falso se distingue por su orgullo y vanidad de ser reconocido.

“Muchos seguirán su sensualidad, y por causa de ellos, el camino de la verdad será blasfemado; 3 y en su avaricia os explotarán con palabras falsas. El juicio de ellos, desde hace mucho tiempo no está ocioso, ni su perdición dormida”. (2 Pe 2,2-3)

3. Los verdaderos profetas son a menudo rechazados y ampliamente criticados, pues sacan a la luz todo lo que nadie quiere ver. Los verdaderos profetas son valientes para enfrentar el desprecio humano, pues tienen la fuerza que da la verdad y justicia divina.

“¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, porque de la misma manera trataban sus padres a los falsos profetas”. (Lc 6,26)

4. El verdadero profeta es el que trae las malas noticias, aquello que es más duro de enfrentar, por eso es más sospechoso aquel que pronostica la paz y el que dice al rey lo que éste quiere escuchar. El anuncio frecuente del impostor es paz, paz cuando no hay paz, por tanto anuncian la mentira. El verdadero profeta no está en absoluto interesado en lo que al rey le interesa escuchar, sólo le interesa la verdad (Jr 6,14; 8,11; Ez 13,10-16). A Jeremías lo llamaban en forma burlona “El señor de las malas noticias” porque valientemente predijo el fatal destino de la ciudad y toda la nación de Israel. El propio Jesucristo, en el evangelio de Lucas nos lo deja bien claro.

“He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla. ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división”. (Lc 12,49-52)

5. El mensaje de los verdaderos profetas halla siempre cumplimiento real en la historia. Aunque también es posible que las profecías de un falso profeta se cumplan, por tanto, esta prueba no es suficiente por sí sola.

“Cuando un profeta hable en el nombre del Señor, si la cosa no acontece ni se cumple, esa es palabra que el Señor no ha hablado; con arrogancia la ha hablado el profeta; no tendrás temor de él”. (Deut 18,22)

6. El mensaje de un profeta tiene que estar de acuerdo con las revelaciones previas de Dios, un profeta no inventa, sino que transmite, por tanto está sometido al orden divino, tiene que tener un profundo conocimiento de la Palabra de Dios.

7. Los falsos profetas no viven a la altura de las leyes de Dios, a menudo predican solo por su beneficio, el verdadero profeta sin embargo, predica incluso en contra de su beneficio.

“Por cuanto entristecisteis con mentira el corazón del justo, al cual yo no entristecí, y fortalecisteis las manos del impío, para que no se apartare de su mal camino, infundiéndole ánimo”. (Ez 13,22)

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