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  • Foto del escritorMarta Cuba

Procedes de la montaña cubierta por el vergel




Pavel Florenski, en su libro El iconostasio. Una teoría de la estética, nos dice que hay dos formas fundamentales de comprender y explicar la realidad: la platónica y la kantiana. Ambas se pueden comprobar en el culto religioso, en el arte y en la cultura. 


“En la pintura de los iconos se reconstruye el mundo invisible, aquello que es ininteligible a la razón. Florenski adopta la postura (en lo que al arte se refiere) de Platón, y prácticamente recurriendo al mismo lenguaje, devalúa el arte de tendencia realista, al que interpreta como un mero e innecesario intento de crear apariencias de las cosas naturales” (p. 15). El icono pretende llevar a lo invisible, “hacia la belleza de lo ininteligible”.

El icono bizantino trae el misterio hacia nosotros para hacerlo carne, es el verbo convertido en imagen, como también el Verbo se encarnó a través de María. El icono es la respuesta al encuentro entre trascendencia y encarnación. Lo divino toma cuerpo tanto en la carne humana, como también en la letra y en la imagen. A un buen pintor de iconos se le solía llamar escritor, pues intentaba plasmar la “semejanza de la imagen con la verdad”, pero manteniendo la superioridad de la verdad en relación con la imagen. Emmanuel d’Hooghvorst expresa de esta bella forma el vínculo entre el universo contenido en las letras hebreas y la necesidad de pronunciarlas que se actualiza permanentemente:

«Se ha comparado naturalmente la letra de la Escritura al hombre mismo, pues una y otro tienen un cuerpo que puede estar muerto o vivo gracias al soplo que lo anima. En el tiempo del Mesías, el texto recreado con otras vocales resucitará, al igual que el hombre. Es la creación del hombre que va a la par con la del texto» .

No es posible interpretar el icono al margen de la tradición que le dio origen y de la tradición interpretativa que le acompaña y que muchas veces se transmite oralmente entre los fieles. El icono nace con intención de revelar un misterio, los interrogantes que surgen al contemplarlo deben encontrar su respuesta en la misma fe interpretativa de quien lo creó, según los sagrados cánones de la iconografía. Al volver a contemplar los detalles surgen nuevos interrogantes y suscitan nuevas explicaciones que provienen de la Tradición y de la Palabra, también los iconos son realidades sagradas que trascienden cualquier explicación y son siempre fuente de nuevas contemplaciones e iluminaciones. La función del icono no solo es explicar el misterio, sino además tocar el corazón del que contempla, del que es mirado. Incluso sin conocer nada sobre los cánones iconográficos, el Espíritu que transmite el Arte sagrado del icono llega (incluso sin que éste sea su objetivo principal) tanto o más cargado de belleza que aquellas obras cuyo fin último es la belleza en sí. 


Icono de la Natividad, atribuido a Andrei Rublev

Vemos un tipo iconográfico muy común en el arte bizantino, pero reelaborado por la escuela rusa del s. XV. Ningún elemento es superfluo ni banal, cada elemento tiene un significado fruto del diálogo entre el Texto sagrado y la Tradición oral.


¡Ah, si rompiesen los cielos y descendieses

– ante tu faz los montes se derretirían (Is. 63,19)


La Natividad representa el momento en que Dios desciende y se hace hombre, para que a su vez el hombre se haga Dios, así también la pintura desciende para observarnos a nosotros, es ella la que nos mira, en oposición a la perspectiva cónica frontal propia del Renacimiento. La perspectiva invertida que se utiliza en el icono, pone el punto de fuga en el exterior, de manera que la mirada fluya del interior de la obra hacia el observador externo. Ciertamente también consigue enfatizar el hecho de que el misterio viene a nosotros para hacerse carne y acontecer en nuestras vidas. El arte bizantino huye del aspecto emotivo-sentimental que invadió occidente y cuyos frutos aún se observan, ya no sólo en el arte, sino también en el resto de ámbitos de la comunicación.


El monte

La montaña sagrada es el lugar en el que Dios se acerca al hombre y el hombre se acerca a Dios. Cristo es el monte, la roca, que tiene dos cumbres, una humana y otra divina y que se encuentran unidas ambas en la misma realidad de su persona. Se distinguen sin confundirse pero no se separarán jamás. Además, la encarnación de Dios en el hombre implica la necesidad de aceptación de la condición mortal. La muerte, o lo que Louis Cattiaux denomina ‘mugre’, Freud designa ‘peste’ o Lacan expresa como ‘lo Real’, se encuentra casi siempre en los iconos, simbolizada por la gruta, lugar de oscuridad total, negro absoluto, allí donde no hay luz, pero también donde da a luz la Virgen María. ¿Acaso la palabra, que es fecundante, no es a la vez también portadora de muerte? Así como Eva había sido la semilla de oscuridad en la luz, María, la nueva Eva, será la semilla de luz en la oscuridad.

En el Antiguo Testamento, la cumbre de la montaña había sido el lugar de la revelación, Moisés recibe la revelación divina en el monte Sinaí, allí se constituye la Alianza que Cristo renueva al nacer. Rublev hace explícito este detalle de exégesis canónica al poner en la cumbre del monte la fuente de la luz divina que baja hasta el lugar en donde está Jesucristo. Dios ya no está en la cumbre. Dios ha descendido y una estrella baja del cielo para indicar que el lugar de Dios ya no es el cielo sino la tierra. El rayo, como todo lo que cae del cielo, es un símbolo de Dios desde tiempos ancestrales, éste sin embargo es un rayo que se divide en 3, en alusión a la Trinidad propiamente cristiana. 


En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.


Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.


Cristo y la Virgen

Jesucristo se encuentra en el centro, lugar protagonista de la imagen, sus rasgos no destacan la ternura de un bebé, los pañales que lo envuelven aseguran su naturaleza humana a la vez que prefiguran las mortajas que quedarán en el sepulcro tras su resurrección, en una gruta similar a la que ahora está representado. En el corazón del monte se encuentra la Virgen María, aparece recostada, con semblante serio y dándole la espalda al niño, muestra ligeros síntomas de fatiga, no es la emocionalidad lo que se resalta, sino la seriedad y sinceridad del nacimiento de un salvador que guiará al pueblo. El tamaño visiblemente más grande de la virgen María y su proximidad a Cristo, nos habla no solo de su rol como madre, sino de su importancia en la realización de la obra divina, es a través de ella que se produce la encarnación del Verbo, ella es La Puerta a Cristo, y es que esa forma sobre la que reposa nos recuerda a una vesica piscis (vejiga de pez en latín) o mandorla (almendra en italiano), que son, en el fondo, una vagina, pues el principio femenino que simboliza María es el que nos conduce a la gruta-lecho-sepulcro. María es quien “guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2:19). 


Estabas mirando, hasta que una piedra se desprendió sin que la cortara mano alguna, e hirió a la imagen en sus pies de hierro y de barro cocido, y los desmenuzó.

Pero la piedra que hirió a la imagen se hizo un gran monte que llenó toda la tierra. 

El icono interpreta que esta visión de Daniel se cumple cuando la Virgen da a luz a Cristo, quien es capaz de enfrentar todo mal y sufrimiento, tal como esa roca de Daniel redujo a polvo a la imagen-estatua-reinos. La virgen tiene también este rol principal en el Hermos de la Cuarta Oda de Navidad:


“Ha surgido un vástago del tronco de Jesé, y Tú, Cristo Dios como un retoño has brotado de sus raíces, procedes de la montaña cubierta por el vergel, pues te encarnaste de la Virgen que no conoció hombre. ¡Oh Dios, Tú que eres ajeno a la materia, gloria a Tu Poder, Señor!”


Este himno se encuentra en relación directa con Is 11:1-2 y señala a la Virgen como una montaña fértil de la que ha brotado el vástago de Jesé (el padre de David y el ancestro de Cristo según Mt 1:6 y Lc 3:31-32). También la montaña es imagen de la Virgen, montaña que es a la vez gruta, y útero donde Dios elige su estancia para descender. 


Ángeles

Y en ese gran monte que llenó toda la tierra se distribuyen dos grupos de tres ángeles en simetría con los tres Reyes Magos, que llegan para reconocer al hijo de Dios, símbolos trinitarios a la vez que intermediarios, llama la atención que uno de los ángeles aparezca volviendo la espalda, como también en la representación de las tres gracias hay una que también siempre da la espalda, es el vínculo entre el espacio angelical y el terrenal. El ‘monte que llena toda la tierra’ es el lugar de encuentro, no solo religa el espacio celestial con el terrenal sino que también hacia él confluyen también todas las naciones y todas las edades.


San José

San José aparece situado en la parte inferior izquierda, aparece con aspecto abatido, encorvado por un peso sobre su espalda, que no es otro que la duda, José encarna el drama humano ante el misterio, parece subrayar la incredulidad con que el hombre se enfrenta a su Salvador, el escándalo que experimenta ante la Encarnación. Su duda no es ajena a ningún hombre. Junto a él un hombre vestido con pieles apoyado en un bastón, personifica al diablo disfrazado, precisamente de quien menos podríamos sospechar, un pastor humilde de quien nada tendríamos que desconfiar, el pastor dialoga y confunde a José, “como este bastón no puede producir brotes… una virgen no puede alumbrar”. José está en la sombra, pero acaso ¿no es todo hombre la sombra de Dios para una mujer que ama a su marido?

Francoise Doltó nos interpreta la relación entre esta pareja sagrada tan bellamente.


En cuanto a José, sabe, por la iniciación recibida en su sueño, que para traer al mundo a un hijo de Dios es necesario que el hombre esté convencido de que tiene muy poco que ver en ello. Como ve, estamos muy lejos de todas las historias sobre parto y coito. Aquí se describe una forma de relación con el falo simbólico, es decir, con la deficiencia fundamental de todo ser. Estos evangelios describen que, en una pareja, el otro no llena nunca a su cónyuge, que siempre se da un desgarramiento, una deficiencia, una imposibilidad de encuentro y no una relación de posesión, de falocracia, de dependencia. José no es posesivo con su mujer. Del mismo modo, María no se muestra, a priori, posesiva de su hijo. Prometidos como están, confían en la vida y, de pronto, surge el destino de su vinculación.
Se trata de una pareja casada ejemplarmente: el hijo no es fruto de una pasión, sino del amor. En mi opinión, es precisamente por haberse sometido a la Escritura, a la palabra de Dios escrita, por lo que constituyen una pareja ejemplar, una pareja de palabra. Palabra recibida. Palabra dada. 

El baño del Niño 

En el plano inferior vemos a un par de mujeres que dan el primer baño al recién nacido. Interpretaciones apócrifas identifican a la mujer que sostiene al niño con Eva, nuestra primera madre. La presencia de las comadronas, además de subrayar el sufrimiento real del parto de María, destacan también la relación carnal y fisiológica necesaria para dar a luz a Cristo. El agua está presente a través de ese primer baño que es prefiguración del bautismo (la bañera tiene forma de pila bautismal) como también la fuente de aguas vivas que riega los ríos de la tierra entera está presente en el primitivo jardín de Edén, del que provienen nuestros primeros padres. Tanto la fuente como el pozo como la pila bautismal son alegorías de la fecundidad femenina y de la sabiduría, el agua es madre y matriz, desciende naturalmente a las superficies más bajas y se adentra en la oscuridad, es elemento vivificador y purificador.


Deja que el agua venga y te laveY se lleve todo
Deja que el agua venga y te lave Y se lleve todo Limpiando, limpiando lloro Limpiando lloro Ave siempre yo fui Que recordó su canto Corazón de rubí Nido de amor y encanto Pájaro siempre fui Siglos de encierro no me apagaron Y ahora yo aquí volví Con la memoria que trae el canto Aaah… Ave siempre yo fui Que recordó su canto Corazón de rubí Nido de amor y encanto
Autores de la canción: Alejandra Ortiz / Robin Perkins / Marcus Berg 

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¿Quién puede diferenciar el fuego del fuego? 

¿Quién puede manifestar y encarnar el sol en la estrella de la mañana salida de la tierra tenebrosa?

La montaña se ríe del viento, pero recibe el agua y el fuego que la fecun­dan.


La nube que vuela por encima de las montañas anida en las cavernas de la tierra, donde incuba la única claridad.

Elevando la tierra hasta el cielo y haciendo bajar el fuego hasta la tumba, conseguiremos la gloria de Dios por medio del agua y del aire medios. El agua que lava y da la vida es un espíritu muy sutil que viene del cielo y se fija en la tierra. El fuego que anima y madura es un alma muy pura que viene del sol y que une el cielo y la tierra.


Los hijos del amor son engendrados por el fuego celeste, por eso están vivos en la eternidad.


Louis Cattiaux, El mensaje Reencontrado



Referencias

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