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  • Foto del escritorMarta Cuba

Profecía clásica


El lujo de los palacios de Nínive, que tan duramente criticaron los profetas de Israel parece ser un anticipo del lujo que también la Iglesia Católica desarrollaría, la figura del tetramorfos cristiana está ya en el lammasu asirio prefigurada. Cuerpo de toro o león, alas de águila y cabeza de hombre. Es fácil que el lujo vuelva, lo que no parece tan fácil es que vuelva la hondura del calado espiritual de los profetas.

LAS RAÍCES HISTÓRICAS

La profecía de Israel, en sus orígenes más remotos, tiene contactos con la profecía de los pueblos del Antiguo Oriente Próximo, como así lo recoge la Biblia en los oráculos de Balaán (Num 22-24), los 450 profetas de Baal (1Re 18,19) o los profetas mencionados en Jr 27, 9-10. Se han encontrado indicios proféticos en Egipto, Canaán, Mesopotamia, la ciudad de Mari, entre otros, especialmente en textos relacionados con la adivinación, la magia, el éxtasis, el trance, etc.

Dos de los textos más significativos de Egipto son: La profecía de Nefer-rohu y las Advertencias de Ipur-wer. En Mesopotamia, los mediadores eran llamados barû o vidente y también mahhû, vinculado con una raíz que encontramos también en Mari y en Canaán. En el mahhû vemos muchos aspectos en común con la profecía israelita: se presenta como mensajero de Dios, predomina el mensaje oral sobre el escrito, reciben los mensajes en situación de éxtasis o de presencia divina, los mensajes de Dios se dirigen preferentemente al rey como amenaza o como anuncio de salvación. Al hacer un paralelismo entre la antigua profecía israelita con la de sus pueblos vecinos, se encontraron semejanzas en los profetas videntes (1Sam 9,9-19) o inspirados en el canto (1Cro 25), en la profecía a través del trance o del éxtasis (1Sam 10,5-13; 19,18-24), etc. Pero en donde encontramos una discontinuidad mayor no es entre la profecía israelita y la del Antiguo Oriente, sino entre los primeros profetas bíblicos y sus sucesores. 


En el Antiguo Testamento podemos distinguir una evolución en el concepto de profecía que va desde una primera etapa: de Abrahán hasta los jueces, una segunda: durante el periodo de la monarquía, en la que alcanzará su máximo apogeo y una tercera, la postexílica. Por tanto, la profecía genuinamente israelita se inicia con la monarquía y suele dividirse en profetas anteriores y profetas posteriores, profecía preclásica y profecía clásica, o profetas no escritores y profetas escritores. Los profetas anteriores dan testimonio de que la historia refleja el cumplimiento de los planes de Dios. En cambio, los profetas clásicos ponen el acento en ser transmisores de la palabra de Dios.

Entre los profetas no escritores (s. XII al IX a. C) encontramos a los llamados “profetas de la corte” como Samuel, Gad y Natán, que sin perder su postura crítica, están ligados al rey. A partir del siglo VIII a.C. se rompe definitivamente con la estructura monárquica, comienza el periodo de la profecía clásica y sus protagonistas son Amós, Oseas, Miqueas, Isaías (s.VIII a.C.); Nahúm, Sofonías, Habacuc, Jeremías (s. VII a.C.), Ezequiel y Deutero-Isaías (s. VI, exilio). Los une la tarea de hacer, en el nombre de Dios, una lectura crítica de la realidad. Si los profetas anteriores pretendían reformar la monarquía, los profetas críticos consideran que está podrida y hay que cortarla de raíz. Su propuesta ética está basada en la justicia social.


PROFECÍA CLÁSICA – Profetas de Israel: Amós y Oseas


El libro de Amós

Amós predicó bajo el reinado de Jeroboán II (787-747 a.C.), en una época de paz y prosperidad material que, sin embargo, escondía una sociedad enferma de espíritu, con enormes injusticias sociales, idolatría religiosa y el lujo y los vicios que a menudo traen consigo el éxito continuado y la abundancia. El profeta Amós se nos presenta como alguien que se dedica al pastoreo y ganado menor y al cultivo del fruto del sicomoro (Am 7,14-15), a partir de la llamada del Señor abandona su lugar de origen en el reino de Judá para ir a profetizar al reino del Norte, Israel. Su origen campesino no nos debe llevar a asociarlo con una cultura inferior, pues entre los antiguos hebreos, como entre los árabes de hoy, la cantidad de enseñanza mediante libros era necesariamente pequeña, y el aprovechamiento en el conocimiento no dependía principalmente de una educación profesional, sino de una aguda observación de las personas y los acontecimientos, una memoria de la sabiduría tradicional y la facultad de pensamiento original. Es posible que las profecías de Amós, antes de llegar a su forma actual, hayan circulado oral y fragmentariamente.


Contexto y pensamiento

Amós predice la catástrofe inminente, extraña predicción en un momento en que el enemigo próximo, Damasco, está sin fuerzas para rehacerse y el enemigo remoto y terrible, Asiria, no puede pensar en campañas occidentales. Pero Amós sabe que Israel está «madura» (Am 8,1-3) para la catástrofe y, efectivamente, con la subida al trono en Asiria de Tiglat Pilesser III dará comienzo el inicio del fin para Israel. A Amós se le conoce como el profeta de la justicia y es que, como un rugido del mismo Señor desde su morada (Am 1,2), su discurso trata de elevarse sobre el ambiente corrompido del reino del norte, en el que robar, engañar y explotar a los más indefensos se había vuelto actividad común y normalizada. El mismo sacerdote de Bet-el, Amasías, tendrá que confesar: «el país ya no puede soportar sus palabras». Es en este pasaje (Am 7,10-17) donde se nos revela el verdadero sentido de la vocación de Amós, pues si él fuera un profeta a sueldo, no se habría atrevido a tocar los intereses del rey, como profeta del Señor que es, su palabra no puede circunscribirse a los espacios “autorizados” por el rey, sin embargo Amasías, con la típica visión obtusa de quien sólo piensa en el poder establecido, no puede sino acusarlo de conspirador. No tenemos más noticias de Amós después de su expulsión del reino del norte. En Amós vemos cómo se inicia un nuevo modo de intervención divina, pues no pertenece a la clase social de los profetas, habla porque no puede callar, no porque oficialmente haya sido designado para ello.Tal es la debilidad y la grandeza del profeta, que no tiene apoyos humanos, pero los tiene en Dios.


El libro de Oseas

Ejerció su ministerio en el reino del norte, en tiempos de decadencia de Israel, desde los últimos días de Jeroboam II hasta la caída de Samaría (722 a.C.). Aunque en los primeros versículos se mencionan cuatro reyes de Judá, del reino del sur, probablemente sea para presentarlo como contemporáneo de Isaías (quien sí desarrolló su función en el reino del sur), el último redactor parece anteponer los reyes de Judá a los de Israel. Posiblemente, al igual que Amós, era un propietario con amplia cultura profana y religiosa. El profeta Oseas conoce bien las tradiciones del Éxodo (11,1-5) y las de Jacob (12,3-15), como hitos fundamentales de la fe israelita en la elección y la Alianza; en cambio, no menciona las de Judá, ni siquiera a David. En su vocabulario conserva muchas palabras y giros dialectales del norte, probablemente pertenecía a la tribu de Benjamín, como Jeremías, con quien tiene muchos puntos de contacto.


Contexto histórico

La anarquía fue total tras la muerte de Jeroboam II; en solo 24 años hubo seis reyes con cinco pronunciamientos; en Os 7,3-7 y 5,13 queda patente esta lamentable situación. La decadencia vertiginosa de Israel (que ya había profetizado Amós) coincide y es causada por el resurgimiento del poder asirio, con la subida al trono de Tiglat Pilesser III. Tras la batalla siro-efraimita Israel quedó como vasallo de Asiria. El rey Oseas, homónimo y contemporáneo del profeta, aunque era inicialmente pro-asirio, deja de pagar el tributo instigado por los egipcios, y esto provoca la invasión de Samaría (2 Re 17, 1-23), así cae para siempre el reino del Norte en el 721 a.C.


Pensamiento

El matrimonio es el acontecimiento que marca la vida y la acción profética de Oseas, al igual que ocurrirá con Isaías y sus hijos (Is 8,18). La historia del matrimonio aparece contada en primera (cap 3) y en tercera persona (cap 1). Son varias las hipótesis estudiadas a lo largo de la historia de la exégesis: que se trata de una ficción o alegoría para hablar de la relación de Dios con su pueblo, que el matrimonio sí existió pero que fue con dos mujeres, que el matrimonio existió y fué siempre con la misma mujer… A pesar de la dificultad para llegar a conocer con exactitud los hechos, lo que nos queda claro es que Oseas tuvo una experiencia matrimonial ajetreada. A partir de ella explicará el mensaje sobre el amor de Dios y, a la vez, ese mensaje influirá en la solución de su conflicto. La vida del profeta, su carácter apasionado y su capacidad de perdón están en el trasfondo de su predicación. Más que ningún otro profeta, Oseas vive lo que predica y predica lo que vive, a través de su propia experiencia matrimonial entiende la Alianza, más que como una realidad jurídica, como una unión amorosa. La Alianza no es algo fijo y cerrado sino una iniciativa permanente: se ofrece, se rompe y se vuelve a ofrecer. La imagen esponsal tendrá un largo desarrollo en los siglos posteriores y en toda la Biblia. Utiliza a menudo las expresiones “conocer” y “olvidar”, se trata de un conocimiento que va más allá del acto intelectual y que con las imágenes matrimoniales refleja un tipo de conocimiento profundo, interior, su contenido es personal: “Yo te conocí en el desierto”. En la escatología de Oseas, algunos elementos se vuelven a encontrar un siglo después con Jeremías, la emotividad de su predicación ha influido en la denominación de Oseas como “el Jeremías del Norte”. Ante el pueblo se abre un camino, el camino del retorno al desierto, símbolo del empezar desde cero, de un nuevo comienzo.


PROFECÍA CLÁSICA – Profetas de Judá: Isaías y Miqueas


El libro de Isaías

Formado por 66 capítulos, el libro de Isaías es el más amplio de los libros proféticos. Se suele clasificar en tres partes, los 39 primeros capítulos corresponden a la época en la que Isaías predicó, en el s. VIII a.C. La segunda parte (los capítulos del 40 al 55), denominada Deuteroisaías, se refiere a los acontecimientos del s. VI a.C., durante el exilio en Babilonia, en los capítulos del 24 al 27 se encuentra la sección apocalíptica. La tercera parte, del 56 al 66, se conoce como Trito-Isaías, y corresponde a la segunda mitad del siglo VI, los oráculos se dirigen ahora a la comunidad de la restauración. Aunque las circunstancias políticas del reino del sur en Judá eran diferentes a las del norte, en Israel, sin embargo los pecados eran tristemente parecidos (similares también a los de hoy en día): adoración a dioses (ídolos) falsos, opresión y marginación de los pobres para ganancia personal, prácticas de negocios corruptos en contra de la ley de Dios, etc. Al igual que su contemporáneo Amós, Isaías comprendió que la adoración con palabras vacías lleva a una ética social interesada y ególatra.

Es posible que Isaías tuviera discípulos (8,16), podemos suponer que es a esta escuela a la que le debemos una primera transmisión y también que haya producido nuevos textos bajo el nombre del maestro. La elaboración completa del libro de Isaías es fruto de 500 años de profecía, lo cual es chocante para nuestro concepto actual de autoría, sin embargo y a pesar de los tan alardeados logros del conocimiento compartido que ha introducido internet, hoy día no tenemos la capacidad para generar libros como estos, con los que se testimonia una tradición viva del espíritu, siempre dispuesta a actualizarse a lo largo de los siglos, priorizando el “qué se dice” sobre el “quién lo dice”.

En cuanto a la persona, sabemos de Isaías que actuó esencialmente en Jerusalén y que probablemente perteneció a la clase alta y dirigente, algunos lo llaman “profeta de la corte”. Estaba casado y su esposa llevaba título de nebi´ah, la “profetisa”; tuvo dos hijos: en 7,3 encontramos Sear-Jashu “un resto volverá” (o se convertirá) y en 8,3 encontramos a Maher Shalal, hash baz “deprisa al botín, rápido pillaje”; se trata, como en el caso de Oseas, de nombres simbólicos que el mismo libro explica en 10,5-6 y que anuncian cuál será la suerte del pueblo: para los impíos, el juicio y la destrucción, para “el resto”, la conversión y la salvación. Isaías vive en dos tradiciones que serán esenciales para él: la elección divina de la dinastía davídica, y la elección divina de la ciudad, Jerusalén.

Duhm fue el primer estudioso que sostuvo, en 1892, que el libro de Isaías estaba formado por 6 unidades originariamente independientes: Oráculos contra Judá y Jerusalén (cap. 1-12), Oráculos contra las naciones (cap. 13-23), Fragmentos apocalípticos (cap. 24-27), Palabras del profeta (cap. 28-33), Breve apocalipsis (cap. 34-35), Sección narrativa (cap. 36-39). Oráculos contra Judá y Jerusalén (cap. 1-12). En 2,6-22 está el núcleo más antiguo del libro formado por cuatro unidades con dos temas dominantes: la superstición de Judá (vv. 6-11) y el Día del Señor contra el orgullo humano. Ambos temas se implican mutuamente; la rivalidad que atenta contra la trascendencia de Dios es doble: los ídolos y el orgullo humano; ambos con una raíz: el hombre se repliega sobre sí mismo y sus cosas hasta la idolatría, mientras imagina que crece, una fantasía que queda simbolizada por el contraste entre las cumbres terrenales y las verdaderas cumbres espirituales. Algunos eruditos han descrito el libro de Isaías como una visión de cadena montañosa en la cual son visibles varios picos, pero los valles que se extienden entre los picos (los períodos que separan varias ideas proféticas) no se pueden ver. 

2 Al final de los tiempos estará firme el monte de la casa del Señor, sobresaliendo entre los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán las naciones, 3 caminarán pueblos numerosos. Dirán: vengan, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob: él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas, porque de Sión saldrá la ley; de Jerusalén, la Palabra del Señor.
4 Será el árbitro entre las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados; de las lanzas, hoces. No alzará la espada pueblo contra pueblo, ya que no se adiestrarán para la guerra.
5 Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor.
Isaías 2: 1-5

Una de esas cumbres sería la profecía al rey Acaz de que Dios daría como señal un bebé llamado Emmanuel (Is 7,14), es recogida por Mateo setecientos años después (Mt 1:23), como visión del Mesías que está a punto de nacer. El conjunto que envuelve esta sección del famoso oráculo del Emmanuel, y que tanta incidencia ha tenido en la interpretación cristiana, comprende una transformación en su seno que va de las tinieblas iniciales (5,30) al resplandor de la luz (9,1-6).

También en esta sección se encuentra el tan hermoso relato de la vocación (Is 6), plagado de elementos simbólicos. El triple título de “santo” expresa la absoluta trascendencia de Dios, que sobrepasa con mucho los límites del templo (vv.1), su gloria llena toda la tierra, y el humo aparece como símbolo de la manifestación, al mismo tiempo velada, de la presencia divina en el templo. Una experiencia mística de visión de cómo la trascendencia de Dios se injerta en la inmanencia de la historia humana. Aparejada a la experiencia de la gloria de Dios, suele aparecer la de la propia indignidad (vv.5), sello de la autenticidad de casi todas las vocaciones. Los labios del profeta son purificados (vv 6-7), de manera que se vuelve capaz de recibir el designio divino, Isaías es consciente de que su destino de mensajero lo hará sufrir como mediador entre la Verdad divina y la miseria humana.


Pensamiento

El trabajo de Isaías abarca desde la monarquía en Judá al exilio en Babilonia y a la restauración y el regreso (un resto volverá) a Judá. Además Isaías anuncia la venida del Mesías hasta la llegada de “nuevos cielos y nueva tierra” (Is 65,17). Especialmente en Isaías comprobamos cómo el valor de la profecía va mucho más allá de la mera predicción de futuro, aunque los aspectos externos se traduzcan en hechos que efectivamente se cumplen, la verdadera capacidad profética está estrechamente ligada a la eternidad, cuya semilla fue plantada por Isaías para ser engendrada en el corazón de tantos hombres y mujeres que aún hoy tratamos de comprender la profundidad de sus palabras.

“Aun desde la eternidad, Yo soy, y no hay quien libre de Mi mano; Yo actúo, ¿y quién lo revocará?” (Is 43:13).

Que los escritores del Nuevo Testamento a menudo citen a Isaías para demostrar que Jesucristo es el Mesías (el rey esperado de la familia de David) nos habla sobre todo de ese valor profético que comienza a partir del período del ministerio activo de Isaías y que se extiende por incontables generaciones a lo largo de 500 años durante los cuales se originó el libro tal como lo conocemos hoy, pero no solo dio lugar al libro, sino que continuó engendrando, generando y expandiendo la profecía a través del Nuevo Testamento (Isaías es el profeta más citado) hasta nuestros días. Las palabras de Isaías fueron mesiánicas, alentaron en el corazón de los hombres la capacidad para engendrar al niño divino, manifestación de lo eterno. Este Mesías se describe como el que gobernará el reino de David para siempre y establecerá la paz eterna (Isaías 9, 6-7; 11,1-9). La profecía de Isaías proyecta una visión para el pueblo de Dios que va desde el juicio nacional inminente a la restauración por gracia después de la catástrofe y hasta la esperanza escatológica de algo tan distinto a lo que solo se le puede llamar nuevos cielos y nueva tierra, un reino, que como Jesucristo recogió, no es de este mundo.


Miqueas

Miqueas significa: “Quién es como Jehová”, fue originario de Moreset, cerca de Jerusalén, en una zona pastoral, su atención primordial fue dirigida hacia el reino del sur en el que él vivió, aunque también dedicó algunos mensajes al reino del norte. Fue contemporáneo de Isaías y entre ambos hay muchas semejanzas lingüísticas y de contenido: el oráculo de Mi 4,1-4 / Is 2,2-5 y la noción de “resto”; existen verdaderos textos paralelos: Mi 2,1-5 / Is 5,8ss, Mi 5,9-14/

el día del Señor del universo, contra todo orgullo y arrogancia, contra toda altanería y altivez; 13 contra todos los cedros del Líbano, cedros encumbrados y empinados, contra todas las encinas de Basán; 14 contra todos los montes encumbrados, contra todas las colinas elevadas; 15 contra todas las altas torres, contra toda muralla defensiva; 16 contra todas las naves de Tarsis, contra todos los barcos comerciales. 17 Será abatida la arrogancia humana, humillada la altivez del ser humano; Is 2,6ss

Se piensa que pudo haber formado parte de los campesinos originalmente libres sobre las tierras tribales, después caídos en la miseria por las consecuencias de la monarquía, pues gran cantidad de sus mensajes tratan problemas sociales. Los destinatarios de la crítica de Miqueas son, además de los ricos opresores de los pobres, príncipes y jueces, también los falsos profetas y malos sacerdotes. El texto de Miqueas se divide fácilmente en 4 partes, en las que se intercalan promesas de juicio y promesas de salvación. Dios promulgando justicia a través de un lenguaje terrible y audaz (Miq 1,5-7; 1,12; 4,10) y mostrando misericordia, con un lenguaje elevado y grandioso (4,8-13). Tres conceptos principales: pecados, destrucción y restauración, se hallan entremezclados con alternancias entre la necesaria destrucción presente y la gloria futura. Miqueas profetizó la destrucción de Samaria (1:6, 7) y de Jerusalén y el templo (3:12), el cautiverio babilónico (4:10) y el retorno del mismo (7:11) y el nacimiento del Mesías en Belén (5:2).



Bibliografía

El profetismo, un fenómeno histórico (I). Apuntes del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona, 2023.


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