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El Discípulo Amado, la verdadera autoridad

 Hernández Amores, Germán – Viaje de la santísima Virgen y de san Juan a Éfeso después de la muerte del Salvador, 1862

Junto con María, Lázaro y Marta, el Discípulo Amado y anónimo es descrito en el cuarto Evangelio (Evangelio de Juan) como alguien a quien Jesús amó. Estos tres constituyen en Betania la comunidad de Jesús, la comunidad de sus amigos y amigas, sus discípulos amados. Jesús comparte la revelación y la misión con aquellos a quienes ama (Jn 15,13-15). Esta comunidad representa igualmente la comunidad posterior del cuarto Evangelio. Al final del capítulo 21, para cerrar el Evangelio, podemos leer: 

Este discípulo es el mismo que da testimonio de todas estas cosas y las ha escrito. Y nosotros sabemos que dice la verdad. 

Podemos, por tanto, suponer que el Discípulo Amado es el autor del cuarto Evangelio, el cual se caracteriza por un estilo literario particularmente elevado, poético y místico. Uno de los temas que ha apasionado a distintas generaciones de estudiosos de la Biblia ha sido el descubrimiento de la identidad de este discípulo en el cuarto Evangelio. Son muchas las especulaciones que se han hecho para identificar a la figura histórica de este personaje, la tradición mayoritaria lo ha identificado con Juan el Apóstol, otros lo identifican con el anciano Juan, y entre muchos otros, también con Lázaro o con María Magdalena. Por nuestra parte nos limitaremos exclusivamente al contenido textual del propio Evangelio, del cual podemos deducir que el autor ha preferido dejar en el anonimato a esta figura, y describirla con mayor precisión que con el nombre, bajo el apelativo de “discípulo amado”. No dudamos, por supuesto, que este personaje literario haya tenido asiento en un personaje histórico muy cercano a Jesús, el cual haya desembocado en una tradición oral y escrita muy concretas, que por cierto se diferencia particularmente de las escuelas o comunidades de los otros Apóstoles, enriqueciéndola y completándola, pues el libro del Apocalipsis, también atribuido a esta comunidad, es el que cierra el Nuevo Testamento.

Raymond Brown nos habla de “Las Iglesias que los Apóstoles nos dejaron” y distingue tres épocas sucesivas a partir de la muerte y resurrección de Jesús:


  1. la época apostólica (el segundo tercio del siglo I)

  2. era sub-apostólica (último tercio del siglo I)

  3. período post-apostólico (empieza a finales del siglo I)

Dentro del período sub-apostólico podemos distinguir la existencia de cuatro grandes tradiciones: la Paulina, la del Discípulo Amado, la de Pedro y finalmente la de Santiago. Para la tradición joánica, el discipulado es una categoría fundamental que se deriva, por otra parte, de su cristología. En esta tradición, Jesucristo es la Palabra de Dios que estaba en el seno del Padre y vino a revelarlo. El encuentro con esta revelación se traduce en la fe que nos hace discípulos/as. Al respecto afirma Schnackenburg: “La fe joánica se sitúa en la más íntima proximidad con la condición de discípulo”. Por otra parte, es muy significativo que en esta tradición no aparezca el término “apóstol”, tan frecuente en los otros escritos neotestamentarios, sino que el término que adquiere relevancia es, justamente, el de discípulo/a. Ser discípulo implicaba, además de conocer a Jesús por la fe, también su seguimiento y la imitación del modelo que representaba el Maestro (Jn 1:35-40). Quizás no sea necesario indagar demasiado para notar que el patrón literario de este personaje lo hace inidentificable, precisamente porque se trata de no tener nombre para que pueda ser puesto por el lector. Su cercanía e intimidad con el Señor lo acercan precisamente a esa cualidad divina por la que tantas veces se ha reconocido a Dios como el “innombrable” o el “incognoscible”.

Pero a pesar de que las tendencias exegéticas más modernas se empeñan en seguir indagando en la identidad histórica, no dudamos de que todas las opciones que se han dado son completamente válidas y ninguna excluye a la otra, creemos precisamente que el apelativo de “discípulo amado” permite ser llenado o completado con todas aquellas identidades históricas que encajen en el molde, aceptar una no implica desechar la otra. El Discípulo Amado, sin esa identidad exterior, tampoco podría ser nadie en sí mismo. Pero tenemos también otros estudios más propios de la Antigüedad en los que se comprende a este discípulo como a un prototipo, lo cual nos resulta mucho más interesante, tomaremos como referencia para nuestro análisis el artículo de Luis Guillermo Sarasa, del cual extraemos muchas de las ideas que traemos aquí.


Tipo, prototipo y arquetipo

En literatura, un tipo es un modelo de personaje que reúne un conjunto de rasgos físicos, psicológicos y morales prefijados y reconocidos por los lectores o el público espectador, como peculiares de una función o papel ya conformado por la tradición (el profeta, el juez, el Mesías, el Cristo). El tipo también enmarca figuras representativas de grupos sociales reducidos, a los que se caracteriza por un rasgo psicológico o moral (el avaro, el impío, el pecador, etc.), una actividad (el escriba, el fariseo, el sumo sacerdote); una condición personal (el enfermo, el ciego), o un medio social (el pobre, el rico, el pícaro, el traidor). 

El término prototipo deriva del griego πρωτο [prōto], que significa primero y τύπος [typos], que significa modelo, figura, ejemplo. Un prototipo es un ejemplar original o primer molde en el cual se fabrica una figura u otra cosa. Un prototipo puede ser un ejemplar perfecto y modelo de una virtud o virtudes, de un vicio o vicios. 

Un arquetipo, del griego ἀρχή [arché], fuente, principio u origen + τύπος [typos] es el patrón ejemplar del que se derivan otros objetos, ideas o conceptos para modelar los pensamientos y actitudes propias de cada individuo, de cada conjunto, de cada sociedad, incluso de cada sistema.

Es interesante notar el movimiento que un personaje puede tener entre tipos diferentes. En este sentido, prototipo y arquetipo pueden cambiar de uno a otro como es el caso de Jesús, que se mueve en distintos planos y esferas. Cuando está en el plano celeste funciona como arquetipo; cuando está en el plano terreno funciona como prototipo. Jesús se convierte en prototipo al encarnarse. El arquetipo es el modelo de perfección, está más allá de la historia, de lo fáctico. La intimidad y cercanía que tiene el Verbo, arquetípicamente con el Padre, la tiene también el discípulo amado, prototípicamente con Jesús, palabra encarnada.

Los prototipos, a modo de eslabones, se entrelazan en una cadena o más bien red de significados por la cual es necesario conocer la historia, el significado al que nos remite cada uno; sin esta comprensión, la lectura de los textos sagrados se vuelve inaccesible. Si ponemos como ejemplo el caso del prototipo de Abrahám, el cual es citado numerosas veces en el cuarto Evangelio, podemos ver que para un judío que conoce las escrituras y la tradición, Abrahám tiene unas características que lo identifican. El texto joánico no tiene que explicarlas para que el lector atento pueda entenderlo. Pero vayamos a comprender algunas de las características propias del Discípulo Amado, tomando los textos del propio Evangelio como punto de partida. En Jn 1,18 leemos:

A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él nos lo ha contado.

Y en Jn 13,23 podemos leer acerca de la posición que ocupaba el discípulo amado en la última cena: 

Uno de ellos, el discípulo a quien Jesús tanto quería, estaba recostado al lado de Jesús.

La traducción de la Biblia de Jerusalén sólo nos dice que el discípulo estaba a su lado. Otra traducción nos informa más fielmente de la real situación: uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba recostado junto a él en la mesa (Biblia Latinoamericana). Una traducción más literal y coherente con la traducción de Jn 1,18 diría: 

Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba en el seno de Jesús.

De estos textos, nos interesa singularmente la expresión “en el seno de” (εἰς τὸν κόλπον τοῦ [eis ton kolpon tou] ἐν τᾣ κόλπῳ tou [en tôkolpô tou]). Tanto en Jn 1,18 como en 13,23 se usa la misma expresión. Las traducciones castellanas no han sido fieles a este detalle. Este término, en el Antiguo Testamento, se usa para hablar del seno materno y también para hablar de la unión íntima entre distintos sexos. El discípulo tiene la cualidad de ser amado como también los personajes del Cantar de los Cantares son identificados como “el amado” y “la amada”. Al estar cerca del pecho de Jesús puede oír sus secretos, las cosas que le preocupan, las que mueven su corazón. Este discípulo da testimonio de Jesús porque tiene una intimidad con él similar a la que Jesús tiene con el Padre. Jesús nos revela al Padre y el discípulo amado nos revela a Jesús. 

Resulta también muy significativa la relación del discípulo amado con Pedro en el cuarto Evangelio, si el primero es el que se encuentra más próximo y cercano a Jesús, el segundo es el que está más lejos, y el que en muchas ocasiones no sabe reconocer a Cristo o incluso lo niega. En Juan 19, 25-27 estamos ante el momento de la crucifixión, todos sus discípulos, incluido Pedro, huyen porque tienen miedo. En esa época la crucifixión era considerada una muerte vergonzosa, humillante, se crucificaba a los enemigos de Roma, o a los esclavos, los discípulos temen ser vistos allí, por miedo a ser considerados colaboradores. Solo quedan a los pies de la cruz las tres Marías: María la madre de Jesús, María, mujer de Cleofás y María Magdalena, junto con el Discípulo Amado. Quien ama es capaz de permanecer a pesar de cualquier circunstancia adversa, y de esto entendemos especialmente las mujeres. No resulta extraño que sean justamente estos personajes, todos ellos símbolo del principio femenino, interior, oculto y secreto, los que permanecen a los pies del gran Misterio cristico. En este momento ninguno de sus discípulos comprendía qué era eso de la Muerte y Resurrección de las que hablaba Jesús, una de las características del Discípulo Amado es que cree sin necesidad de entender, como también las mujeres que lo acompañan. El reconocimiento de las mujeres como discípulas “cualificadas” del Maestro es, además, propio de la eclesiología joánica. Es en este momento también cuando Jesucristo se dirige al Discípulo Amado y a su madre María:

Y cuando vio Jesús a su madre y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. 27 Después dijo al discípulo: He ahí tu madre.

Resulta curioso que tampoco se diga el nombre de la madre de Jesús, en las dos apariciones de María en el cuarto Evangelio, se hace referencia a ella como la madre de Jesús, y Él a ella la llama Mujer. El discípulo amado, no solo se encuentra en el seno de Jesús, al igual que Jesús se encontraba en el seno del Padre, sino que también se encuentra en el seno de la Virgen María, al convertirse en su hijo por medio de la palabra de Jesús. De la misma manera que María había revelado a Jesús, ahora María (o podríamos decir Mujer) también revela al discípulo amado.

El cuarto evangelio nos va introduciendo progresivamente en el misterio de Jesús. En una dinámica de encuentros y signos milagrosos sucesivos, él se va revelando a aquellos con los que se encuentra; sin embargo, no todos lo comprenden.

En Juan 20,1-10 de nuevo es una mujer la que marca el pulso del discipulado, en este caso es María Magdalena. Ella va a la tumba y ve que el cuerpo no está, a continuación va a avisar al resto de los discípulos. El Discípulo Amado corre más rápido que Pedro, que es la figura de autoridad, pero cuando llega, en lugar de entrar, espera a Pedro. La autoridad corre más lenta, pero sin embargo, el Discípulo Amado espera y deja que entre primero Pedro. El Discípulo Amado es aquel que identifica rápido al Señor, es aquel que cree sin entender y también es aquel que tiene la capacidad para esperar y comprender a quien camina más lento, respeta a quien él identifica como figura de autoridad. 


Icono ruso de la escuela de Novgorod, ca. 1360


Cristo en la cruz con María y Juan – Meister (Rheinischer) El Stabat Mater, además de ser un himno cristiano del siglo XIII a la Virgen María que retrata su sufrimiento como madre durante la crucifixión de su hijo Jesucristo, también es una tipología compositiva de la crucifixión de Jesús en el arte que representa a la Virgen María bajo la cruz durante la crucifixión de Cristo junto a Juan el apóstol, quien se identificó tradicionalmente con la figura del Discípulo Amado.

La comunidad del Discípulo Amado entiende que debe dialogar y aceptar la autoridad de la función externa de Pedro. De esa forma aparecen unidos, Pedro y el Discípulo Amado, como una especie de diarquía o autoridad doble. La identidad del verdadero cristiano, construida hacia el exterior, debe fundarse sobre este discípulo, cuya identidad es interna, su nombre no es lo que lo define, lo que lo define es el Amor, sin esta cualidad, ninguna autoridad podrá construirse verdaderamente. Pedro y el Discípulo Amado, aparecen en el cuarto Evangelio como dos caras de una misma moneda. Pedro simboliza la cabeza (cefas), mientras que el Discípulo Amado simboliza el corazón, en esta dualidad entre cerebro y corazón, es el corazón es el que debe marcar el camino. El evangelio de Juan insiste en la permanencia de los signos del Discípulo Amado y de Pedro. Por eso, Jesús pide a Pedro que le ame intensamente, cuidando de esa forma a sus ovejas (Jn 21,15-19).

Cuando acabaron de desayunar, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». «Sí, Señor, Tú sabes que te quiero», le contestó Pedro. Jesús le dijo: «Apacienta Mis corderos».
16 Volvió a decirle por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». «Sí, Señor, Tú sabes que te quiero», le contestó Pedro. Jesús le dijo: «Pastorea Mis ovejas».
17 Jesús le dijo por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció porque la tercera vez le dijo: «¿Me quieres?». Y le respondió: «Señor, Tú lo sabes todo; Tú sabes que te quiero». «Apacienta Mis ovejas», le dijo Jesús.

La tensión entre el Discípulo Amado y Pedro a lo largo del cuarto Evangelio es constante, Pedro tiene un montón de responsabilidades dentro del grupo de los discípulos, pero el Discípulo Amado tiene una relación especial con Jesús, ambos se necesitan, se complementan (Jn 21, 20-23). En Jn 21,1-11 se narra el relato de la pesca milagrosa y, a pesar de que Pedro ya había tenido una experiencia (Lc 5,18-25), al inicio del ministerio de Jesús, con la pesca milagrosa, cuando vuelve a tener otra experiencia de pesca milagrosa él no se da cuenta. El que se da cuenta es el Discípulo Amado. Este relato tiene lugar después de la Resurrección de Jesús, Pedro decide volver a su actividad anterior, a su vieja vida, y 6 discípulos lo acompañan. Pero en ese momento, en el mar de Tiberíades, el Discípulo Amado reconoce al Señor, que aparece en la playa indicando donde podrán recoger gran abundancia de peces, y avisa al resto de su presencia. El Discípulo Amado sabe que Pedro debe reconciliarse con Jesús después de haberlo negado tres veces. Este discípulo sabe reconocer a Jesús en las cosas de la vida cotidiana, por eso es que es un guía para otros, sabe poner en contacto a las personas con Jesús. El Discípulo Amado cuida el corazón de Pedro y por eso le da la oportunidad de ser restaurado.


Pedro ha sido el promotor de una misión pero, aunque él dirija la faena de la “pesca”, él no conoce aún a Jesús, no le distingue en la mañana, a diferencia del Discípulo Amado que debe decírselo (Jn 21, 6-7). Para realizar su función, Pedro ha de hacerse como el Discípulo Amado, en el amor y no la obligación o la dominación (cf. Jn 21, 15-17). Recordemos en este contexto que, según la tradición bíblica, hay pastores bandidos y mercenarios, que dicen guardar el rebaño, pero lo dominan a su antojo, para su provecho (como puede verse desde Ez 34 hasta las Visiones o Sueños de 1 Henoc 83-90; cf. Jn 10, 10. 12-13). En contra de esos pastores bandidos, Jn 10, 7-13 ha presentando a Jesús como pastor-amigo de hombres con quienes comparte su existencia. En esa línea, Jesús quiere que Pedro se vuelva también amigo, como el Discípulo Amado. No es que él deba cumplir «por amor» una tarea que en sí no es amor, sino que toda su tarea consiste en animar en amor, en la línea del Discípulo. Éste es el milagro, la paradoja de la autoridad cristiana: el mismo amor profundo (¿me quieres?) se vuelve cuidado (apacienta mis ovejas).





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