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  • Foto del escritorMarta Cuba

Hortus conclusus, del Jardín de la Caída al Jardín de la Redención, Virginidad cristiana y espacio d

Resumen

Con respecto a los mitos judeocristianos es habitual que se establezca una barrera entre creyentes y no creyentes que impide ahondar en la grandeza y profundidad humana que, por ejemplo para las mitologías griegas o hindúes, no supone un impedimento. Lo cierto es que la tradición judeocristiana apunta a un misterio y una verdad revelada de enorme profundidad. Por ello, a partir del topos medieval del hortus conclusus trataremos de profundizar en el recorrido que entrelaza el jardín de la Caída (jardín de Edén) con el jardín anticipo de la Redención y el misterio de la Virginidad de María. Nos preguntamos por los motivos que han llevado a involucrar la virginidad carnal con las cuestiones que pertenecen a la vida espiritual, los cuales han iniciado una larga historia de pérdida de espíritu y cosificación del cuerpo que perpetúa la postmodernidad.

Introducción

Hortus conclusus significa huerto o jardín cerrado y fue un tema artístico que alcanzó un lugar destacado en la producción literaria e iconográfica de la Alta Edad Media. Ampliamente representado en la pintura del Gótico internacional, el huerto hermético es el espacio ocupado por María y su hijo, en un lugar apartado, aislado y paradisíaco, un vergel en plena floración en el que pueden aparecer también otras imágenes simbólicas de la pureza de María y extraídas del Antiguo Testamento, tales como la zarza que arde pero no se consume, la puerta cerrada de la visión de Ezequiel (1), el pozo de agua viva, la fuente, el rosal, el ciprés… El jardín cerrado se convierte en una metáfora de lo inmaculado y puro, un símbolo de la virginidad de María. Además, el jardín representa el lugar sensual por excelencia para las escenas amorosas en cualquier periodo histórico.



Hortus conclusus. Meister des Frankfurter Paradiesgärtleins (1410)

Herencia originaria

La referencia religiosa propia del hortus conclusus medieval se forjó en contacto con la tradición clásica que pervivía en diferentes temas literarios presentes en la poesía pastoril, es el caso del locus amoenus, lugar idílico, ameno, agradable, delicioso, encantador, pero también en relación con el locus eremus, lugar yermo o desierto, propio para los penitentes o los ascetas cristianos, eremitas, anacoretas y ermitaños. También en Las metamorfosis de Ovidio, la función del locus amoenus se invierte, y en vez de ofrecer un respiro al peligro, es usualmente la escena de violentos encuentros (2).

Además de la herencia clásica, se superpone la herencia de las Sagradas Escrituras, los Libros de los Profetas y los Salmos, la idea de ‘paraíso de piedad’ de los Oráculos Caldeos, los escritos de los Padres de la Iglesia; pero entre todas las fuentes de inspiración hay una que se destaca, el Cantar de los Cantares, donde la esposa aparece como ‘jardín cerrado’ y ‘fuente sellada’ (3). Que el motivo literario erótico de este texto esté incluido en el canon bíblico no nos deja dudas sobre la importancia del amor humano en los textos sagrados del cristianismo.

María simboliza a la nueva Eva y también al nuevo Paraíso, Dios la toma para engendrar en su seno a Jesucristo, allí fue formado y alimentado durante nueve meses el nuevo Adán. Eva es la semilla de oscuridad en la luz y María la semilla de luz en la oscuridad, una imagen que nos remite al símbolo del taoísmo del yin y el yang, y éste a su vez al ouróboros alquímico, símbolo de la manifestación dual de la materia.


Yin y yang Ouróboros alquímico


Adán y Eva, habitantes del incorrupto y primordial jardín, reunían en su conocimiento los cuatro niveles de interpretación o acercamiento divino, el cual proviene de las consonantes que componen la palabra PaRDeS, paraíso en hebreo, cuyo significado alude específicamente a un huerto de frutales. Utilizaremos estos 4 niveles de interpretación para guiarnos por este particular viaje de (ca)ida y vuelta.

Peshát (literal) – Jardín como huerto cerrado

Fue una tipología de jardín característica de la Edad Media, asociada a monasterios y conventos, podía estar cerrado por un cercado vegetal o arquitectónico. Monjes y monjas cultivaban (sin importar su función decorativa o recreativa) plantas aromáticas y medicinales. Se caracteriza por una cuadrícula que es el límite geométrico que lo separa del entorno, el cual era considerado caótico.

Rémez (pista) – Jardín como Paraíso Terrenal

La tradición judeocristiana recoge el relato del Paraíso Terrenal, presente desde muy antiguo (4), en su libro del Génesis. Es un símbolo del centro, Principio y Verdad Supremos, atemporalidad, punto de partida del que emana la tradición, está por ello asociado al círculo. Es también el lugar por excelencia en el que no existe el mal; entre el paraíso y la región habitada por los hombres se encuentran las aguas, o el río primordial que brota de la fuente situada en el centro, Logos de Dios. Este río se divide en una cruz de 4 ríos que riegan toda la tierra, es como un cordón umbilical que lleva alimento y oxígeno al feto. Además, el jardín medieval nos recuerda la condición cerrada del jardín de Edén, pues es posible que se haya olvidado (son muchas las representaciones que se han hecho de él como un lugar abierto), sin embargo, atendiendo a la etimología de la palabra paraíso, encontramos su origen en una forma del iraní antiguo (parādaiĵah) que significa recinto amurallado (5).

El hortus conclusus es rectangular o cuadrado, lo cual nos conduce al simbolismo hermético de la cuadratura del círculo. Orden y geometría se combinan para la reunificación de los mundos; el círculo simboliza lo celestial y espiritual, el Ser, superior a toda corrupción y a todo cambio, mientras que el cuadrado es el mundo terrenal, la manifestación y la materia, la que recibe formas y transformaciones. Además de la fuente, en el jardín cerrado suele aparecer un pozo, ambos tienen connotaciones de tipo sexual, alegoría de la fecundidad femenina y de la sabiduría, el agua es madre y matriz, desciende naturalmente a las superficies más bajas y se adentra en la oscuridad, elemento vivificador y purificador.

Del jardín como paraíso en el Viejo Testamento pasamos al huerto como lugar de oración en el Nuevo Testamento. Concretamente el de Getsemaní, donde Jesucristo acostumbraba a reunirse con sus discípulos a orar, y el lugar donde un ángel lo consuela ante la tristeza agónica que lo invade horas antes de ser arrestado para ser conducido a la muerte y posterior resurrección. El Misterio Pascual incluye la Muerte y la Resurrección como dos momentos inseparables. Antes de su muerte y después de su resurrección Jesús aparece vinculado al huerto. Según nos relata el evangelio de Juan, María Magdalena (quien tuvo una relación muy especial con Jesús), es la primera en verlo resucitado, y lo confunde con un jardinero u hortelano. Adán, el primer hombre, fue el cuidador de un jardín, y Jesús, el nuevo Adán, aparece como hortelano cuando resucita.

En este punto, y por su paralelismo con el del jardín/huerto, me gustaría hacer un apunte con respecto a otro lugar similar del que Freud partió en su texto titulado Lo siniestro (6). En alemán, el término heimlich tiene dos acepciones principales: por una parte se refiere a lo propio, lo doméstico, lo familiar, lo íntimo, lo protegido y por otra el término hace referencia a lo oculto, a lo secreto. Heimlich, en relación con el conocimiento, significa místico o alegórico, pero también significa impenetrable, hermético, cerrado a la investigación. El antónimo de heimlich, unheimlich, por su parte, significaría lo inquietante, lo siniestro, lo terrorífico; pero también lo oculto, lo secreto, lo misterioso. Es decir, que unheimlich sería el contrario de la primera acepción, pero no de la segunda, pues aquí ambas comparten significado. Se trataría de todo aquello que debiendo permanecer oculto, sin embargo, se ha manifestado. En un camino que, pareciendo partir de la oposición patente en la palabra unheimlich, nos trae, sin embargo, de vuelta a heimlich para acceder a una significación más completa: mysticus, divinus, occultus, figuratus.

Destacamos, por ello, la importancia de las funciones invertidas, los reflejos y las correspondencias con las que intuir algo de un proceso cosmogónico más amplio, pues estas tendencias opuestas, lejos de ser irreconciliables, son las que dan curso a la manifestación.





Hortus conclusus. Dierick Bouts (1420-1475)

Derásh (investigar) – Jardín como lugar del alma en la búsqueda de sí

El originario jardín de Edén nos empuja al descenso a un mundo caracterizado por la ausencia del mismo, una carencia o falta que se convierte en el principal impulsor de nuestra búsqueda, sentido último de todo paraíso (perdido). El jardín como lugar de búsqueda, de retiro del mundo, de silencio y de oración, propios de la cosmovisión religiosa medieval, al fin y al cabo el ideal de vida monástica fue en la Edad Media la manera de alcanzar la Jerusalén Celestial.

También el simbolismo del jardín cerrado está en relación con el simbolismo alquímico del horno o atanor, pues es símbolo del propio cuerpo, un instrumento que cada alquimista se construye a su medida. Si observamos la lámina del Mutus Liber podremos reparar en que la postura de rezo del alquimista arrodillado ante él, nos muestra una simetría bastante particular entre uno y otro. Podemos intuir también que se encuentra en un lugar cerrado, probablemente el laboratorio. Para la alquimia, el laboratorio es el lugar donde se realiza la ‘oración del corazón’. El atanor es el instrumento a partir del cual transferir la conciencia del cerebro al corazón (7).



Lámina del Mutus Liber

Se observan ciertas semejanzas con la anterior pintura de Dierick Bouts

Sod (secreto) – Jardín como hortus theologicus

El jardín es corporal y al mismo tiempo espiritual, parte de los sentidos sensoriales para suscitar sentimientos elevados. Para la Mística medieval el cuerpo es una constante como lugar de interrogación y de diálogo permanente, un hábitat del que se debe partir, pero que se aspira a transformar (8).

El jardín es además el claustro que guarda la cualidad femenina por excelencia, la virginidad. María es intacta y pura como virgen, a la vez que llena de amor como madre (9), pues así como en la resurrección no habrá comida ni bebida porque nuestro alimento será de otra clase, así también engendraremos la verdad a la vez que permanecemos vírgenes. La eternidad (y por tanto la plenitud) que comienza a realizarse en el tiempo, es ya iniciación con respecto a una iniciación siempre por venir, siempre inalcanzable. Permanecer en el vacío es la clave para engendrar la plenitud, la condición de nunca haber andado todo el camino. La fuente es el lugar donde brota el deseo de conocimiento, la disponibilidad para recibir.

La virginidad de María es un anticipo de las realidades escatológicas, las cuales se corresponden con los niveles más elevados de sublimación (glorificación). El Apocalipsis de San Juan convierte el Edén terrenal en un lugar escatológico, equiparando este paraíso con la Jerusalén Celeste. No deja de ser curioso que el primitivo jardín sea terrenal, y solo posteriormente a la caída, éste se convierta en celestial.


Virginidad y Amor

Es un hecho plausible que con la aparición del cristianismo nació un nuevo concepto de virginidad y una práctica común tanto en hombres como en mujeres. Es destacable el número de mujeres que acompañaron a Jesús en sus enseñanzas, el profeta rompió con algunos tabúes del patriarcado judío ante la perplejidad de sus discípulos hombres.

La renuncia a la relación sexual se debió a que se consideraba de mayor valor aquello que se había elegido (sublimación), es decir, el que optaba por la virginidad, lo hacía por amor libre, no podía darse a la fuerza. En los años del primitivo cristianismo, la segunda venida de Cristo se consideraba inminente, por ello, las cuestiones escatológicas y la corta duración en el tiempo invitaban a decantarse por la virginidad más que por la procreación (10).

Según la interpretación que hace la psicoanalista Françoise Dolto sobre el relato del encuentro de Jesús con la samaritana (que no por casualidad tiene lugar en un pozo), nos dice que, para Jesús, ser casto consiste en no responder al deseo carnal confundido de esta mujer (11). Siempre que se confunde con una necesidad, el deseo permanece insatisfecho, porque no se basa en el amor, porque no hay verdad en ese deseo.

Cabe preguntarnos si la práctica de la virginidad en sus orígenes no habría tenido un fundamento esotérico e iniciático, por el cual su verdadero sentido se haya visto invertido con el paso de los siglos, ante la necesidad del cristianismo de entrañar un exoterismo que en sus inicios no poseía (12).Y así como en la jerarquía tradicional lo esotérico está por encima de lo exotérico, también la palabra (lo interior) tiene mayor valor que la carne (lo exterior). Lo que engendra y alumbra María es la Palabra, el Verbo encarnado. Ahora bien, ¿por qué motivo se invirtió el orden al establecer la relación entre la virginidad de María y la virginidad carnal como cuestión moral?

Conclusiones

En el tema del hortus conclusus comprobamos la profundidad tan rica que se da en el símbolo entrelazado entre el Antiguo y el Nuevo testamento. En él confluyen por una parte el jardín paradisíaco circular de Edén y por otra el huerto cerrado y cuadrado como lugar de retiro y de oración, de pureza, sabiduría y orden natural (en relación a la ley, el orden está por encima, es preexistente, es el Logos de Dios). Lugar de origen y de destino, símbolo del cuerpo y del principio femenino: vacuidad, virginidad, concepción, gestación, alumbramiento, receptividad. Disponibilidad del alma que, lejos de lo aparente y visible, encuentra el valor de aquello que verdaderamente lo tiene, que renuncia a la complacencia de lo conocido para aceptar lo impenetrable del misterio. El jardín cerrado es anticipo de la eternidad realizada en el tiempo.

Desde el momento en que somos arrojados del jardín primordial, nos vemos abocados a recorrer un vector intermedio entre uno y otro jardín. Ese axis mundi es el deseo mismo, que va de lo que todavía no es psíquico/espiritual (tener sed y tener hambre) a los más altos alcances psíquicos/espirituales del ser humano: el Amor. Implicarnos en nuestra naturaleza finita y por tanto sexuada es ineludible si queremos aspirar a la naturaleza infinita. La enseñanza de Jesucristo pone de relieve el vínculo sagrado entre palabra, cuerpo y amor. Un vínculo que se ha roto con el paso de los siglos, pues por algún motivo se han confundido las cosas que pertenecen a la vida espiritual con las que pertenecen a la lógica de la carne.

Nos preguntamos si el motivo último de haber involucrado a la virginidad carnal cuando siempre se trató de virginidad espiritual, haya tenido que ver con la necesidad de garantizar la pertenencia al linaje. Según nos dice Françoise Dolto, el hombre no podrá estar nunca seguro de la verdadera paternidad de sus hijos, necesita de la ley para asegurar la verdad de su linaje. De la maternidad no hay duda, la mujer no necesita del nombre en común con el niño, su autenticidad humana es independiente de su expresión cultural y de la apreciación de los demás, de la misma manera que Jesucristo tampoco necesitó de la ley para afirmar con seguridad eso de “Dad al César lo que es del César”. La seguridad de Jesucristo viene del Amor del Padre, porque él es Verbo encarnado, o lo que es lo mismo, es Amor. En este sentido, el cristianismo marca una notable diferencia con respecto al judaísmo, pues ésta es una tradición que se transmite por la sangre, por el linaje, es necesario nacer judío para poder serlo, mientras que el cristianismo solo exige una iniciación, es decir, un segundo nacimiento, esto nos devuelve al carácter iniciático y esotérico de los inicios del cristianismo. 

En la historia de la piedad cristiana se ha recelado de las manifestaciones ajenas al amor espiritual, creando una división falsa, pues no hay dos tipos de amor. El único amor es el que se da entre humanos y, aunque de ordinario pueda confundirse con necesidades corporales, el amor es sólo uno, y por tanto el rastro más visible de lo divino. El Apóstol Juan nos lo deja claro cuando dice:

«En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros» (1 Juan 4:10-19).

«Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros» (1 Juan 4:12).

El Antiguo Testamento habla mucho sobre las entrañas del Dios bíblico, la palabra rahamin en hebreo significa ‘entrañas de misericordia’, y la misma palabra en singular, rehem, significa útero, pues es el útero de Dios, y por tanto lo femenino, el que tiene el poder de regenerarnos (13). El jardín cerrado, al igual que las entrañas y el útero, es el lugar del amor, pues éste solo puede proceder de una convicción interna, no puede imponerse desde el exterior.

Referencias

(1) «Esta es la puerta oriental de Ezequiel, que oculta en sí o saca fuera al santo de los santos, por la que entra y sale el Sol de Justicia.» Peinado Guzmán, José A. (2012). Simbología inmaculista, letanías lauretanas e iconografía. Archivo Teológico Granadino 75, 167-190.

(2) «Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor» dice Medea en La metamorfosis de Ovidio. Es la misma experiencia que confiesa San Pablo: «No sé lo que hago, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco» (Rm 7,15-20). Una convicción universal, la del pecado original, que es experiencia común y confesada por generaciones humanas todavía capaces de pensar.

(3) Cantares 4:12-16. Link

(4) «Las primeras descripciones del paraíso proceden de Oriente Próximo, del mito acadio de Adapa (siglo XV a. C.); de la epopeya sumeria y babilónica de Gilgamesh (siglo XII a. C.) y de la imagen bíblica hebrea (siglo VIII a.C.)» Marco Mallent, Marta (2010). Jardines pintados. La imagen de la naturaleza recreada. Stvdivm. Revista de Humanidades, 16, 249-274.

(5) El significado literal de esta palabra de la lengua iraní antigua oriental es “amurallado (recinto)”, ​ de pairi- “alrededor” y -diz “hacer, formar (un muro), construir”. ​ La etimología de la palabra deriva en última instancia de una raíz *dheig “pegar y levantar (un muro)”, y *per “alrededor”. Etimología e historia del concepto paraíso. Link Consultado el 16 de mayo de 2023.

(6) Freud, Sigmund (1919). Lo siniestro. Obras Completas. Freud total 1.0 (versión electrónica). Link

(7) Por un lado, la derivación árabe del término atanor sería attannûr (horno) y por otro la procedencia griega de la palabra sería thanatos (muerte), la cual, precedida de la partícula a, que indica negación, expresaría no-muerte, o si se prefiere, resurrección, vida eterna. Así mismo, el origen etimológico que se extendió ampliamente en la época medieval sobre la palabra amor, aludiría a la misma partícula de negación a seguida de mort, del latín mortis, que significa muerte.

(8) De la Pascua Sánchez, Mª José (2019). El Carmelo como jardín: del hortus conclusus al hortus theologicus en el paisaje espiritual de Teresa de Jesús y María de San José (1526-1603). Arenal, 26(1), 35-65.

(9) «Así son para nosotros las Escrituras del Señor: engendran la verdad y permanecen vírgenes porque los misterios de la verdad permanecen ocultos. Ha dado a luz y no ha dado a luz, dice la Escritura, porque concibió de sí misma y no ayudada por la unión de una pareja. (Clemente de Alejandría.  Stromata VI-VIII. Vida intelectual y religiosa del cristiano) Gerónimo Llopis, Á. y García Garcés, L. (2019). La Virginidad cristiana en Clemente de Alejandría. Veritas, 43, 133-153. 

(10) «Sobre el texto de Lucas 20, 34-36, los autores cristianos primitivos destacan dos partes importantes: la virginidad es, en primer lugar, una forma de anticipar aquí en la tierra el estado de la resurrección incorruptible, y en segundo lugar, un medio, entre otros, para llevar la misma vida de los ángeles. Por un lado se acentúa la idea de que la virginidad trae al momento presente el tiempo de la resurrección por venir, y por otro lado se establece un cierto paralelismo entre la virginidad y los ángeles de Dios». Gerónimo Llopis, Á. y García Garcés, L. (2019). La Virginidad cristiana en Clemente de Alejandría. Veritas, 43, 133-153.

Cabe mencionar también la relación que podrían tener ambos conceptos con la Shekinah y Metatron, intermediarios celestes. Sobre este tema remito a los artículos de Luisa Vert en Arsgravis y René Guénon en El rey del mundo.

(11)Dolto, Françoise y Sévérine, Gérard. L’Évangile au risque de la psychanalyse. Paris: du Seuil, pp. 46 (Traducido por Víctor Hernández Ramírez).

(12) René Guenon nos dice que el dominio propio del Cristianismo parece haber sido exclusivamente esotérico o iniciático en sus orígenes, siguiendo las pistas que nos ofrecen tanto el carácter excepcional de ser una tradición sin lengua sagrada, como también por ser una tradición sin ley. Además de no encontrar en el Evangelio ninguna prescripción considerada como ley, la frase “Dad al César lo que es del César” parece implicar la aceptación de una legislación exterior, aquella que existía en el momento. Guénon, René (2021). Sobre esoterismo cristiano. Barcelona: Ediciones Obelisco.

(13) Morla, Victor (2014). El cantar de los cantares: la huella del amor. Conferencia sobre el cantar de los cantares. Link (capturado el 23 de mayo de 2023). 

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