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  • Foto del escritorMarta Cuba

Profetismo, un fuego encerrado en mis huesos

Me sedujiste, oh SEÑOR, y quedé seducido; fuiste más fuerte que yo y prevaleciste. He sido el hazmerreír cada día; todos se burlan de mí. 8 Porque cada vez que hablo, grito; proclamo: ¡Violencia, destrucción! Pues la palabra del SEÑOR ha venido a ser para mí oprobio y escarnio cada día. 9 Pero si digo: No le recordaré ni hablaré más en su nombre, esto se convierte dentro de mí como fuego ardiente encerrado en mis huesos; hago esfuerzos por contenerlo, y no puedo. Jer 20,7-9

Leyendo unas palabras de tal calado, belleza y ardientes como las de Jeremías no nos cabe ninguna duda de que la experiencia profética es encendidamente profunda y arrebatadora, parece lógico que encuentren dificultades para expresarse, dificultades que encontramos nosotros también para expresar el estado al que nos conducen sus textos. Lo importante en la experiencia de Jeremías no es el gozo e intimidad con Dios, sino la misión y vida de un pueblo. Si Jeremías se convierte, Dios le hace una promesa paradójica: le permitirá continuar a su servicio. Paradójica porque la renovación de la llamada es también renovación de las persecuciones y las dificultades.

Se me han acabado los ojos en puras lágrimas, se conmovieron mis entrañas…
Porque enorme como el mar ha sido tu destrucción, hermosa Jerusalén. (Lamentaciones 2:11-13)


Imagen de Jeremías/Isaac incluida en el expediente conservado en el Museo Arqueológico Nacional, abierto en 1946, sobre la propuesta de venta de las cinco estatuas desmontadas del Pórtico de la Gloria, entonces en poder del conde de Ximonde. Junto con la estatua de Ezequiel/Abraham, estas imponentes representaciones de los “profetas del exilio” se encontraban en la Edad Media en Santiago de Compostela, esa nueva Jersusalén de Occidente.



Pero adentrémonos lentamente en la comprensión del fenómeno profético de Israel, porque sin duda será un viaje apasionante. 

El profeta en el Antiguo Oriente, al igual que el mago, el adivino, chamán, visionario, sacerdote o pitonisa, ejerció una función de mediación entre Dios y el pueblo. Esta figura de mediación ha sido en todas las civilizaciones un fenómeno muy requerido pero también muy conflictivo, pues no siempre las predicciones favorecían a quienes querían escuchar el oráculo, en ese sentido, las predicciones típicas de la cultura del Antiguo Oriente eran casi siempre muy encriptadas, frases breves, enigmáticas y difíciles de interpretar, como los de la pitia en el templo de Delfos, por ejemplo. En la Biblia encontramos varios tipos de adivinación: adivinación inductiva a través de la observación de la naturaleza, los fenómenos atmosféricos, la observación de los animales, las nubes, el estudio de las vísceras de las víctimas de sacrificios, instrumentos como copas, flechas, bastones, dados, etc. y adivinación intuitiva, en la que se encuentran por ejemplo interpretación de sueños, evocación de los muertos y comunicaciones a través del oráculo. Los medios técnicos de adivinación supusieron probablemente una ayuda de intermediación por la cual el adivino no se encontraba del todo solo para enfrentar el peligroso resultado de la comunicación divina con el pueblo, pues por algo Dios es, además de una experiencia terrible, inexpresable e incognoscible.

Aunque el profetismo sea un fenómeno común a todo el Antiguo Oriente, sin embargo el nivel de desarrollo tan grande que llegó a alcanzar en Israel ha hecho de él un fenómeno constitutivo del pueblo de Israel y es, además, en cuanto a instancia ética, la mayor aportación del legado judío a nuestra cultura occidental.


Jeremías prevé la destrucción de Jerusalén (1630) – Rembrandt

El fenómeno de la adivinación estuvo ampliamente extendido por el Oriente Antiguo, Israel es conocedor de la existencia de diferentes mediadores en los pueblos de alrededor: sacerdotes y adivinos de los filisteos (1Sa 6,2), magos, adivinos y astrólogos entre los babilonios (Is 44,25; 47,13; Ez 21,29), y entre los egipcios (Is 19,1-4). Todos estos intermediarios tenían carácter religioso, pero aunque en Israel también se generalizaron este tipo de prácticas, al final la actividad profética terminó por imponerse, por lo que si en un primer momento se mezcló y estuvo al mismo nivel que la de chamanes, adivinos, visionarios, astrólogos o magos, en sucesivas etapas, la actividad que desarrollaron los profetas de Israel alcanzó unos niveles que no son ya comparables a los del resto de pueblos. En la Biblia tenemos registro de esa primera etapa en la que Israel adoptó las prácticas mágicas de otras naciones y las hizo parte integrante de sus costumbres y creencias, pero la actividad profética específicamente propia de Israel y que terminó por diferenciarse enormemente de la anterior, emerge sobre todo a partir del s. VIII a.C. Este recorrido marca una evolución que va desde el conjuro y la palabra mágica hasta la magia de la palabra. Podemos decir que la labor profética en Israel esclareció particularmente la jerarquía de relaciones entre la divinidad y los hombres, relación que por otra parte podemos ver que se repite en nuestros tiempos. También René Guénon ha tenido una función esclarecedora para entender estas cuestiones que a menudo enturbian una y otra vez la relación con la divinidad.


… las leyes de un dominio inferior pueden siempre tomarse para simbolizar la realidad de orden superior, donde tienen su razón profunda, que es a la vez su principio y su fin. Señalemos, con ocasión de esto, el error de las modernas interpretaciones “naturalistas” de las antiguas doctrinas tradicionales, interpretaciones que trastruecan pura y simplemente la jerarquía de relaciones entre los diferentes órdenes de realidades: por ejemplo los símbolos o los mitos nunca han tenido por función representar el movimiento de los astros, sino que la verdad es que se encuentran a menudo en ellos figuras inspiradas en ese movimiento y destinadas a expresar analógicamente muy otra cosa, porque las leyes de aquél traducen físicamente los principios metafísicos de que dependen. Lo inferior puede simbolizar lo superior, pero a la inversa es imposible; por otra parte, si el símbolo no estuviese más próximo al orden sensible que lo representado por él, ¿cómo podría cumplir la función a la que está destinado? En la naturaleza, lo sensible puede simbolizar lo suprasensible; el orden natural íntegro puede, a su vez, ser un símbolo del orden divino; y, por lo demás, si se considera más particularmente al hombre, ¿no es legítimo decir que él también es un símbolo, por el hecho mismo de que ha sido “creado a imagen de Dios”

La actividad profética israelita dio lugar a una ingente cantidad de literatura cuyo género, además, no tiene hoy parangón. Lo que tenían en común todas las figuras adivinatorias del momento es que cumplían una función mediadora entre Dios y el pueblo, el punto de partida en todos los casos era la experiencia humana del enigma sobre el presente y la preocupación por el futuro, pero quizás la principal diferencia que irá alejando a la profecía de la adivinación es que en el caso de la primera, el profeta está al servicio de Dios, (incluso llega a ejercer la actividad en contra de su propio interés, Jer 1, 5-12), mientras que la actividad adivinatoria está al servicio del templo, la corte, o los ciudadanos en general. Frente al poder de los objetos o los fenómenos naturales, el profeta se basa en el poder de la Palabra.

Pues así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y allá no vuelven, sino que abrevan la tierra y la fecundan y la hacen germinar, de suerte que otorgan sementera al sembrador y pan al que come, tal será mi palabra, que salga de mi boca: no volverá a mí de vacío, sin que haya realizado lo que yo deseaba y llevado a efecto feliz aquello para que la envié (Is 55, 10-11).
¿No es mi palabra como el fuego -oráculo de Yahveh- y cual martillo que desmenuza la roca? (Jer 23,29).
Por eso los he golpeado fuerte por medio de los profetas, los maté con las palabras de mi boca (Os 6, 5).

El profeta es, sobre todo, un hombre inspirado, no acude a archivos para saber lo que tiene que decir, tampoco acude a la experiencia humana de los sabios, ni a medios técnicos como por ejemplo los astros, las estrellas, las vísceras de animales, el agua, instrumentos varios, etc. El profeta, única y exclusivamente se basa en lo que Dios le revela. 

” En la acepción usual, el profeta es el hombre que prevé, que predice. Todo el acento lo colocamos en el prefijo; el ver o el decir nos parecen secundarios… Pues bien, la profecía bíblica no es anticipadora más que de una forma muy accesoria. Su evidencia no está necesariamente ligada al porvenir; tiene su valor propio, instantáneo. Su decir no es un predecir; se dan inmediatamente en el instante de la palabra. La visión y la palabra son ciertamente un descubrimiento; pero lo que manifiestan no es el porvenir, sino lo absoluto… entre todos los intentos, reales o ilusorios, históricos o míticos, de relacionar lo divino y lo humano, tiene un lugar propio la experiencia profética.” A. Neher, La esencia del profetismo, Salamanca 1975, 9

Quizás las diferencias entre magia y religión no hayan estado nunca muy claras, ni tan siquiera hoy en día (o quizás hoy peor que nunca), pues cuando vemos a miles de personas hacer cola ante el Cristo de Medinaceli de Madrid para besarle los pies a la imagen, podemos preguntarnos si efectivamente eso es religión o es magia. También, en muchos casos se le ha llamado religión a lo que practicaba el grupo social dominante y magia a lo que se desviaba de estas normas. Sin embargo, en la Biblia las denuncias y condenas a las diferentes formas de magia y adivinación son muy claras, como vemos en Ez 13, 17-23, o en el pasaje de Dt 18, 9-14

Tenemos el mensaje profético, y vosotros haréis bien en prestarle atención, como a lámpara que alumbra en la oscuridad, hasta que amanezca el día y el astro matutino amanezca en vuestras mentes. Pues habéis de saber ante todo que ninguna profecía se encomienda a la interpretación privada, pues la profecía nunca sucedió por iniciativa humana, sino que algunas personas movidas por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios (2 Pe 1,19-21).

Frente a estas prácticas de las naciones del entorno, en Israel es el profeta Moisés quien marcará la diferencia fundamental (Dt 18, 15-19). 

La literatura profética de Israel se sitúa en la parte de la Biblia Hebrea titulada Profetas (Nebiim en hebreo). Las otras dos partes que componen la Biblia Hebrea son la Torá o Ley y Ketubim o Escritos. El apartado de Profetas se clasifica en Anteriores (Josué, Jueces, 1º y 2º Samuel, 1º y 2º Reyes) y Posteriores, estos a su vez se clasifican en Mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel) y Menores (Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías). Sin embargo, debemos tener en cuenta que toda la Biblia se considera profética, pues es Moisés el que representa la experiencia máxima del profetismo, siendo la Torá o Ley superior a todas las demás palabras, es por ello que toda la escritura hace referencia, de alguna manera a la experiencia básica de Moisés.

La superioridad de Moisés proviene de la superioridad de su relación con Yhwh. El Éxodo es el acontecimiento fundamental de la historia de Israel, y es que además muchos autores han querido ver en el Pentateuco una “vida de Moisés” que comienza en Ex 2 y acaba con su muerte en Dt 34. Los textos que enmarcan las tres partes principales de la Biblia Hebrea subrayan la importancia de la Torá, especialmente en su dimensión profética. Pero es que además la revelación recibida por Moisés no solo está en el germen de los textos sagrados del judaísmo, también del cristianismo e islam, todas ellas son conocidas como las religiones del Libro. Este vínculo o alianza entre Dios y el Libro es importante, pues implica que tanto el Libro como Dios reunificado son una misma realidad trascendente.

Podemos decir, por tanto, que la Biblia presenta a Moisés como el origen de la comprensión del profetismo. El éxodo y la experiencia de la esclavitud hacia la libertad es esencialmente todo lo que origina y desata el deseo de Dios.


Jeremías sentado en las ruinas de Jerusalen – Eduard Bendemann



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