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  • Foto del escritorMarta Cuba

Ser y nombrar


Los 99 nombres de Dios

Cuando se nombra algo se pierde una parte de la esencia del ser, la cual es incapturable, pues no es posible ponerla en juego en el lenguaje. Una vez que algo está manifestado en lo concreto, en lo objetivado, ya no se puede dejar de escapar a esa concreción, si verdaderamente perseguimos la esencia, ésta estará siempre por fuera de lo que es plasmado en el lenguaje. También Lacan lo expresó cuando dijo que el yo es un objeto, toda vez que es necesario, es también una ficción, pues la esencia del sujeto está por fuera de la objetivación, de la petrificación. Cuando uno se sale de esos marcos fantasmáticos que constituyen el yo, logra salirse del límite en el cual nos encontramos reconocidos por el otro, estables, o en cierta medida tranquilos, todo lo que queda por fuera de ese yo, si en algún punto, coincide con el deseo más genuino del sujeto, entonces, es cuando aparecen los síntomas, por no poder ser expresado. El síntoma es siempre un anhelo de realización del deseo más genuino, si lo acallamos estaremos acallando también nuestra esencia. Este es el motivo por el cual podemos hacernos una idea acerca de las razones últimas que justifican que todo el arsenal médico en la actualidad esté pensado para acallar el síntoma, para minimizarlo y esconderlo.

La esencia del ser humano es libertad, es amor, es verdad, sin embargo, tal grado de luminosidad no sería soportable para nadie, ahí se esconde una de las mayores paradojas de la humanidad. Nombrar es hacer desaparecer al ser, tratando de capturar la esencia incapturable del sujeto, así es como surge el nombre. El nombre aparece, con él nos encarnamos, pero nos realizamos en la desaparación, no en la petrificación. El ser es libre, pero necesitamos nombrarlo, el nombre es el límite, la esclavitud, el personaje que nos construimos. El ser objetivable, que puede ser nombrado, y el yo que no puede ser nombrado, que queda por fuera de la objtivización, ambos se necesitan y se entrelazan mutuamente, solo la consciencia de este entrelazamiento, de este velo, nos libera.

“Si no se puede comprender el Absoluto es porque su luminosidad es cegadora; por el contrario, si no se puede comprender lo Relativo, es porque su oscuridad no ofrece ningún punto de referencia. Al menos, ello es así cuando consideramos la Relatividad en su apariencia de arbitrariedad, porque ella se hace inteligible en la medida en que comunica el Absoluto, o en la medida en que aparece como emancipación del Absoluto. Comunicar el Absoluto, velándolo, es la razón de ser de lo Relativo.” Frithjof Schuon

En este texto de Borges podemos ver como también él se niega a ser juzgado solo por sus meritos y no por su ser, el cual, a diferencia de sus méritos, es completamente mundano.

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo xviii, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar.


Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.


No sé cuál de los dos escribe esta página.
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