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  • Foto del escritorMarta Cuba

Soledad


Jonás y la ballena. Folio del Jami al-Tavarikh (Compendio de Crónicas)
Al reunirse la multitud, Jesús dijo: «La generación actual es mala. Busca una señal milagrosa, pero no se le va a dar ninguna señal, solamente la que se le dio a Jonás, quien fue una señal para los de Nínive (Lc 11, 29-31) 

Toda la situación del pueblo de Israel en el contexto del exilio a Babilonia nos hace pensar en el dolor, en el sufrimiento, la angustia y la soledad. Los cánticos del Siervo Sufriente que escribió Isaías nos describen a alguien con una integridad inquebrantable, no nos cabe duda de que la referencia más próxima para la inspiración de Isaías tuvo que ser el profeta Jeremías, el gran Sufriente que nunca bajó la cabeza delante de sus opresores, que enfrentó la más profunda soledad, hostilidad y angustia, nadie como él para inspirar la belleza tan honda de estos cánticos, ni tampoco nada más bello que dos profetas dialogando con la verdad. La vida de Jeremías se convirtió en el mensaje, la vida de Jeremías inspiró a Isaías, de la misma manera que Cristo fue también el mensaje (cuando éste es verdadero no hay diferencias entre ellos) y los discípulos lo comprendieron y lo transmitieron, sin embargo Jesucristo iría todavía más allá, pues Él, además de Siervo sufriente fue también Señor.

Yo soy el hombre que conoció el dolor de cerca (Lam 3,1)

En esta frase de Jeremías tan aparentemente sencilla se encierra, sin embargo, una enorme carencia de nuestro mundo, pues nadie puede hoy decir lo mismo que Jeremías sin mentir. En la Biblia existen cinco lamentaciones atribuidas al profeta Jeremías, en las que el pueblo llora su desgracia, ellas describen la desnutrición de Jerusalén, la masacre del pueblo y la esclavitud del cautiverio, y permiten hacer una comparación entre el dolor del cautiverio ayer y el cautiverio del dolor de hoy. El dolor y el sufrimiento no cambian, son igual los de hoy como los de ayer, sin embargo, la mirada es diferente, el orden sí altera el producto. ¿Qué fue lo que los profetas fueron capaces de discernir en el interior de ese dolor que hoy se nos escapa?


Vivimos en un mundo en el que el dolor y el sufrimiento se muestran a diario en nuestros telediarios, convivimos con ellos de una manera completamente anestesiada y plenamente morbosa, podríamos decir que si bien Jeremías fue el hombre que conoció el dolor, nuestro mundo es el de los hombres más informados acerca de los sufrimientos de la sociedad y a la vez más carentes de conocimientos sobre el mismo. Todo está dispuesto y organizado para huir del dolor. Susan Sontag, en referencia a las fotografías que retratan el sufrimiento, lo expresa así: “sufrir es una cosa; otra es convivir con las imágenes fotográficas del sufrimiento, que no necesariamente fortifican la conciencia ni la capacidad de compasión. También pueden corromperlas. Una vez que se han visto tales imágenes, se recorre la pendiente de ver más. Y más. Las imágenes pasman. Las imágenes anestesian”. Nuestro mundo borra las diferencias entre realidad e imágenes, entre fantasía y realidad.


Las advertencias de Jeremías sobre los peligros de creer en la propaganda de los líderes (Jer. 23, 1-2) resultan más actuales y más urgentes que nunca. Por tanto nuestra propuesta para reflexionar más profundamente el contenido de estos cánticos pasa por dejar de hacer precisamente todo lo que hoy nos reclama el sistema desde las pantallas por las cuales nos inocula la propaganda: violencia, guerras, enfermedad, terrorismo, hambre, desastres ecológicos, sequía, etc… El sistema reclama nuestra atención con respecto a estas cuestiones, pero sin embargo lo que obtiene con ello es precisamente anestesiar nuestra capacidad de conocimiento del dolor, es una herramienta con la que nuestros líderes consiguen agachar nuestras cabezas y mantener oprimido al pueblo.

Por tanto ¿qué podemos hacer para ejercitar nuestra capacidad de mirar mejor? Sabemos que tanto Cristo como Jeremías, como el pueblo de Israel podrían encarnar perfectamente esta figura del siervo sufriente al que canta Isaías, sin embargo ¿podríamos identificar hoy a un siervo sufriente si lo tuviéramos delante (sin que ningún medio nos dé sobre ello la noticia masticada y elaborada)? Probablemente no, no olvidemos que precisamente una de las características de ese Siervo es haber sido rechazado e incomprendido por toda la sociedad de su época. 

Basándonos en la parábola del Buen Samaritano relatada en el Evangelio de Lucas 10, 25-37, invitamos (con la ayuda de Francoise Doltó) a hacer una nueva lectura sin juicos preestablecidos, que nos revele una cuestión mucho menos narcisista, por la cual la pregunta clave no es ¿qué tengo yo que hacer por el otro? sino ¿quién es el prójimo? Ésta es la pregunta que da lugar a la parábola, y por tanto, a la que trata de dar respuesta. La esencia del servir está en observar primero, recordar después y actuar finalmente. Lo primero de todo es identificar al prójimo, para el hombre molido a palos, su prójimo es el samaritano, puesto que es éste el que se comporta como tal.

Qué es un hombre bueno? Es el maestro de un hombre no-bueno. Qué es un hombre no-bueno? Es la materia de un hombre bueno. Quien no aprecia a su maestro, quien no ama su materia, aunque cumpla sus funciones perderá el tiempo. Esa es la clave del misterio.
(Lao Tse) 

A través del dolor el siervo sufriente puede encontrar la manera de identificar a su maestro, a su prójimo o a ése hombre bueno del que también habla Lao Tse. Solamente viendo en el otro lo bueno, se puede llegar a ver también en uno mismo.

El sujeto se funda siempre a partir del otro, es gracias a esa vinculación que podemos llegar a pensar por nosotros mismos, podemos llegar a ser lo que no éramos, sin embargo, en muchas ocasiones, la relación con el otro llega a impedir que uno piense por sí mismo, es ahí cuando aparece el sentimiento de soledad, a pesar incluso de estar rodeado de personas. La soledad es también un vínculo con la muerte, nacemos y morimos solos, pero para todo lo demás, la vida se funda siempre a partir del otro. En la muerte perdemos todo lo que pensamos que era verdad. Sin ese vínculo con la muerte viviríamos a expensas del otro permanentemente, a expensas de él pero sin él. El acto de elegir debe ser exclusivamente único, debe darse en soledad, a partir de un acto que no es compartible es como nos ligamos más profundamente al otro, desde la responsabilidad de la soledad.

Nabucodonosor, el rey de Babilonia,me devoró, me confundió;me dejó como un jarro vacío.Me tragó como un monstruo marino,con mis delicias se ha llenado el estómagopara luego vomitarme.(Jer 51, 34-35)

El rey de Babilonia es, en estas palabras de Jeremías, un símbolo de los peligros que representa ese otro, un otro que nos devora y que nos arrastra a la peor de las soledades, la que impide el diálogo con el verbo que nos atraviesa, que nos habita. En verdad las palabras que a menudo dice Yhwwh a sus profetas: “no tengas miedo, yo estoy contigo” cobran un sentido profundo cuando nos damos cuenta de que el pensamiento es siempre un diálogo, el lenguaje nos habita, pero nosotros no hemos inventado el lenguaje, sino que estaba ahí cuando llegamos.

Como Jonás devorado por la ballena, también éste sale reforzado después de los 3 días y las 3 noches de angustia en el interior del estómago del monstruo, de ese gran otro. Una muerte y resurrección de la que a menudo se habla en singular, pero que debería, sin embargo, convertirse en plural, puesto que son necesarias muchas pequeñas muertes, para que de pronto un día, uno ya no se reconozca en esos amigos o en esas personas que no cesan en su intento de pretender ser igual a sí mismos, entonces el sentimiento de soledad es inevitable. Esa soledad que llevó consigo Jeremías toda su vida, pero que, sin embargo, le permitió encontrar un verdadero y auténtico diálogo con toda la humanidad. No siempre el diálogo es posible con las personas que nos rodean, o con el tiempo en que nos ha tocado vivir, sin embargo el diálogo se establece igualmente a través de la lectura, a través del tiempo y del espacio, el universo entero dialoga con nosotros si abrimos nuestros ojos y nuestros oídos al lenguaje que nos habita. La peor de las soledades es acallar ese lenguaje. La visión que nos transmite Isaías del valle de los huesos secos es la imagen más poderosa (que por otro lado ha engendrado todo un sinfín de películas sobre zombies o muertos vivientes) para simbolizar ese estado al que nos conduce el dejarnos devorar sistemáticamente por el otro.

No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.
(Mt 10,28)


Referencias


No puedo dejar de copiar y pegar literalmente esta bellísima referencia que me llega a través de Ezequiel Dasso: El trabajo de Eliane Radigue!


Eliane Radigue fue una de las pioneras en la música electrónica del avant-garde. Fruto de su práctica budista y de la lectura del Bardo Thödol, el a veces traducido como Libro tibetano de los muertos (que puede traducirse, de manera más literal, como Liberación a través del sonido en el mundo intermedio), compuso una serie de obras ligadas al dharma, entre ellas una versión de las canciones del yogui Milarepa (¡en tibetano e inglés!) y la trilogía que presentamos a continuación.En 1988 inició una serie llamada Trilogie de la Mort, una exploración de las zonas liminales de la existencia, o la muerte entendida como un misterioso espacio de transición y de posible trascendencia. Radigue describe su propia música como un río que está constantemente cambiando en su luz y profundidad, pero que mantiene la apariencia de ser una sustancia consistente o uniforme. Esta misma metáfora puede utilizarse para el yo: pensamos que somos una unidad estable, pero constantemente lo que somos está cambiando y emergiendo de nuevo. La pieza de 3 horas está compuesta por Kyema, Kailasha y Koume y fue inspirada por su maestro Pawo Rinpoche. Kyema se enfoca en el Bardo Thödol y los seis estados intermedios. Kailasha recrea una peregrinación al sagrado monte Kailash y Koumé es una pieza sobre la trascendencia de la muerte.” (FUENTE: Pijama Surf)

Dice Pedro A. Cantero, en un delicioso comentario de YouTube: “La Trilogie de la Mort de Éliane Radigue es un vehículo que permite acceder a la verdad que representa la muerte sin mayor espaviento ni espanto. Hay en esta trilogía, algo más que un camino, una revelación. La “obra” se abre a nosotros en un tríptico parejo al homenaje que inicia el Bardo Thódol o “Libro tibetano de los muertos” del que se inspira: «Venerado el Cuerpo de Vacuidad/ Venerado el Cuerpo de Gozo/ Venerado el Cuerpo de Emanación…» . Durante años Éliane trabajó en su composición y en el transcurso vivió experiencias radicales de pérdida y hallazgo. La primera “pista”, Kyema, la inició en 1985 y la acabaría tres años más tarde. Desde que la escuché por primera vez fui embargado por una emoción singular, envuelto en una cápsula sideral –al modo de un “dron” sonoro–, me sentí transportado al límite sin miedo alguno de abismarme. El sonido a la vez tupido y cálido, prospera al modo de un fluido intrauterino en el que me sentí protegido de todo mal. Pero la trilogía llegaría más tarde. El benjamín de Éliane murió trágicamente en 1989 y dos años después falleció su propio maestro tibetano. Hechos que despertaron el proyecto inicial hasta alcanzar hacia 1993 la forma de retablo que hoy presenta. Estas dos bandas últimas contienen un sentimiento abismal de ausencia y honda introspección. «Como si la compositora hubiese introducido sondas hasta las profundidades de su ser con las que captara las vibraciones de su cuerpo. Todo es orgánico, sofocante, tórrido, envolvente… La ambigüedad de texturas permite figurarse tanto el vértigo de lo minúsculo como el de lo inmenso, con la sensación de ver desplazarse planetas y asteroides en el vacío espacial. Las dos composiciones que nacieron de este trabajo son todavía más absolutas que Kyema: si escucháis la pulsación continua e inexorable de “Kailasha”, sufriréis sin lugar a dudas la hora más solitaria de vuestra vida. En cuanto a “Koumé”, y su abrumadora vibración, su inexorable ascenso en pujanza, su intensidad sorda que amenaza con detonar toda la emoción retenida hasta aquí, demora a duras penas la llegada de un grito desarticulado. Mas cuando surge finalmente la energía… resulta imposible saber si se trata de un sufrimiento intenso o de una alegría triunfante» .”



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