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  • Foto del escritorMarta Cuba

Verdad/amor/centro


Al igual que esa vegetación que aflora entre las grietas del asfalto, la verdad tiene la misma capacidad de abrirse paso, a pesar incluso de las barreras que el ser humano le pone. Y al igual que esas raíces de las plantas que se asientan en el subsuelo, también la verdad se enraiza en lo más profundo de nuestra subjetividad.

Siguiendo a Platón en su conocimiento profundo de la realidad, podemos decir que definir es penetrar la naturaleza de las cosas, no contentarse con la opinión de la mayoría, involucrarnos en la profundidad del mundo, esto es, hacer un ejercicio de belleza. Para intentar definir el significado de la palabra subjetividad, recurriremos a la etimologia, la cual es también una manera de profundizar en el tiempo.

La etimología nos dice que está formada con raíces latinas, el prefijo sub- (bajo), iactare (lanzar), – ivis (relación pasiva o activa) más el sufijo – dad (cualidad). Su significado sería algo así como “la cualidad de depender de la meta o el objetivo que se intenta lograr”. También los árboles dependen de sus raíces en lo más profundo de la tierra para alcanzar su objetivo de elevarse hacia el cielo.

El ser humano se encuentra irremediablemente dividido, entre el deseo de alcanzar la meta y la dependencia de estar atado a la meta, es decir, la dependencia del deseo mismo, el cual nos hace estar vivos. Uno puede ser activo en esa dependencia y profundizar en el subsuelo para comprender mejor el sentido de dicho deseo o puede ser pasivo ante esa realidad y dejar que sean las condiciones externas las que ofrezcan una justificación de nuestros actos.

La verdad pasa por vernos obligados a hacer ese recorrido imposible, un recorrido que nos empuja una y otra vez a caer y por tanto a descender al subsuelo. No es posible decir toda la verdad, y sin embargo, la verdad sólo puede ser dicha cuando, precisamente, no renunciamos a tal posibilidad.

Las cuestiones más “bajas” o los aspectos que a menudo consideramos más despreciables y que por tanto no queremos conocer, están a menudo unidas con las más “elevadas” en nuestro inconsciente, así lo demostró Freud en si teoría psicoanalítica. El ser humano, al igual que el árbol, es un símbolo en sí mismo, a través del cual comprender el funcionamiento del universo.

Los aspectos que para nuestra consciencia son duales e irreconciliables, no lo son sin embargo para el inconsciente. La represión impide que podamos acceder a la unidad, al igual que tampoco podemos mirar directamente al sol. En este camino a la verdad, el amor es nuestro mejor y más ciego guía, pues la manera en la que habitualmente nos engañamos para poder vivir mejor, deja de funcionar cuando estamos frente al amor.

A menudo vemos como a los hombres les resulta difícil amar a la misma mujer que desean y desear a la misma mujer que aman, en el caso de la mujer esta división está más bien relacionada con lo visible y lo oculto, de manera que el deseo se activa en una relación prohibida u oculta.

Vivir dividido es un motivo de sufrimiento pero es también el impulso que nos da alas para perseguir la unidad, la verdad o el amor. Para ello es necesario “querer saber”, algo en apariencia tan simple, resulta sin embargo el mayor obstáculo de acceso a la verdad.

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